domingo, 12 de enero de 2020

Los matices del cielo

El cielo ya no oscila entre los matices del azul y del blanco.

Los días ahora son entre verde montaña
verde mar
y color barro
Como el entorno de un río desbocado
en medio de la selva.

Nadie sabe qué pasó, aunque abundan las historias.
Yo era muy joven cuando los primeros síntomas empezaron a percibirse.
Primero en la sensación del aire.
Aún se puede respirar, no es tóxico.
Pero ahora pesa más.
O eso es lo que dicen.
Yo ya no lo recuerdo.

En mi memoria los días de mi infancia
pasan fugaces,
son cascadas caudalosas de tormenta.
Mi presente, en cambio, es como los pasos
de un perro viejo y achacoso
que debe reposar a cada tanto.

El aire más pesado ha hecho lento el paso del tiempo,
y todo menester humano ha debido reducir su ímpetu.

Ya no hay telecomunicaciones.
Sólo comunicaciones verbales
gestuales
corporales
escritas en papel
cantadas.
Ya no hay pantallas
ni electricidad.

Sólo ojos atentos y oídos atentos.
Y personas dispuestas a comentar
los matices del cielo.
A jugar con sus recuerdos pasajeros.
A intentar traer de nuevo el azul
que ya no existe allá arriba,
sólo adentro, y en algunas pinturas que aún quedan.

Ahora respiramos y estamos como más presentes.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Sobre la perplejidad

No es coincidencia, ni meramente circunstancial, el hecho de que las tres manifestaciones democráticas más importantes del 2016 obtuvieran todas el mismo resultado. En cada una de ellas se le preguntó a la sociedad civil por el rumbo a tomar con respecto a temas de vital importancia. En el Reino Unido por su continuación o no como integrantes de la Unión Europea. En Colombia, por la implementación o no de los acuerdos de paz entre el gobierno y las FARC. En EEUU, por el nuevo presidente, la continuación o no del modelo de país representado por Barack Obama. En todas ganó la opción que a ojos de los analistas, los intelectuales y los artistas era la menos sensata y la menos racional.

Analizados todos los casos desde afuera, con la mirada de un extranjero, queda una sensación de perplejidad. ¿Cómo puede la sociedad civil estar votando en contra de su propio beneficio? ¿Cómo pueden pueblos enmarcados dentro de tradiciones democráticas estables (no necesariamente perfectas ni ideales, pero sí estables) optar por la alternativa más incierta, la menos conciliadora?

***

A primera vista podría parecer que los votantes se han vuelto locos. O, lo que muy frecuentemente sucede, que se los tilde de ignorantes, de racistas, de xenófobos, de amantes de la guerra. Muchos creen que en nuestra época ha proliferado la estupidez y la ignorancia, que los medios masivos de comunicación y las redes sociales han atrofiado nuestra capacidad de pensar. Yo creo, por el contrario, que no es esta una época particularmente estúpida ni ignorante, ni más estúpida e ignorante que las sociedades del pasado. No considero que hayamos sido presas de una epidemia de estupidez sin precedentes. Quizás ahora sea más fácil notarlo que antes. Pero la barbarie, el egoísmo, los intereses privados por encima de los comunes son temas que se han repetido como bucles a lo largo de la historia.

No estamos llegando al ‘final’ ni al abismo de la humanidad. Estamos llegando al final de la idealización de la democracia y al clímax de la exacerbación de la individualidad.

Yo considero que todos aquellos que apoyaron en sus respectivos países la alternativa ‘menos sensata’ lo que están demostrando es que ese viejo ideal de la democracia como el sistema de gobierno más racional, más respetuoso de la libertad, está mandado a recoger. Fracasó, o quizás nunca logró consolidarse del todo. Es eso, un ideal, un paradigma al cual apuntar, pero que solo existe en el reino de las expectativas fallidas. Aquella época en que se llegó a creer que por medio de la razón seríamos libres ahora nos resulta ingenua y ciega. El camino racional ha permitido un crecimiento tecnológico sin par, pero al mismo tiempo ha generado una exacerbación de lo individual nunca antes vista. Es ese, en mi concepto, el ‘espíritu de nuestro tiempo’: la sensación irreductible de que somos individuos desconectados de absolutamente todo lo que nos rodea, de individuos cuyas relaciones con el mundo están mediadas por su propia voluntad, su atracción o su rechazo, no por la empatía. De ahí el papel preponderante de la emoción en nuestro tiempo: sólo nos importa nuestro propio cuerpo, nuestro propio goce. Lo que afecte a otros no es de nuestra incumbencia.

Los resultados de las tres votaciones antes mencionadas son consecuencia de ello. Son emocionales, más que racionales. Por eso nos parecen insensatos, porque la razón no estuvo particularmente presente en ninguno de ellos. Esto es lo que sucede cuando se le da tanta preponderancia a la individualidad, y cuando se deja la emocionalidad a la deriva, ciega, inconsciente. Más que ser producto de estupidez e ignorancia, estos resultados son consecuencia de una inconsciencia absoluta sobre el significado de una comunidad, de una sociedad. Cuando se la juzga como un conglomerado de individuos aislados entre sí, y cuando sólo se llama a la participación cada cuatro años y no de manera constante, cotidiana y activa (en una búsqueda de diálogo sobre las diferencias, de bienestar de quienes están en una situación más vulnerable que nosotros, de conciliación), es imposible obtener resultados sensatos y racionales. En esas circunstancias ganará siempre el capricho y la necesidad del mayor beneficio individual posible, esa espiral de hedonismo apolítico en la que ya llevamos bastante tiempo.

***

En la raíz de estos resultados se encuentra, pues, el hecho de que hemos perdido la noción de comunidad y de acción política en su sentido más original. Somos hijos de una época en la que los denominados ‘valores absolutos’ de la sociedad no incluyen en sí una noción colectiva de la misma. El denominado neo-liberalismo ha tomado del liberalismo clásico solamente lo concerniente al mercado y al capital, y ha excluido por completo el aspecto humano de ese pensamiento, que en su conjunto abarcaba una cosmovisión y un sentido del hombre como un ser libre, igual a sus semejantes, cuya racionalidad era el instrumento idóneo para su felicidad. Aún existía una noción de comunidad: los hombres, hermanados por su capacidad para pensar, podrían entre todos construir una sociedad justa y benévola con cada uno de sus miembros. (Cabe señalar que esta postura nunca se consolidó efectivamente en ninguna sociedad, aunque este espíritu impregne gran parte de la creación de los Estados Unidos y de la amplia mayoría de naciones democráticas del mundo). De esa cosmovisión solo queda la idea de que la sociedad está compuesta por individuos (hoy en día poco más que potenciales consumidores) que poseen, sobre el papel, igualdad de derechos en cuanto a la propiedad privada y la posibilidad de conseguir bienes y acumular capital. Eso es lo que básicamente ofrece una sociedad como la estadounidense o la colombiana en el presente.

De manera que más que impulsar la unidad de la sociedad, el mundo de hoy exacerba las diferencias y hace de la individualidad el único valor digno de ser perseguido. La democracia, como sistema político participativo, está demostrando ser cada vez menos efectiva y eficiente porque la sociedad ha dejado de ser un tejido humano, de vínculos de empatía entre iguales, para convertirse en un conglomerado de seres aislados que buscan su bienestar sin importar el resto, y que además creen estar haciendo siempre lo correcto, según su propio sistema de creencias y de expectativas. Sin contar con la gran cantidad de abstencionistas que abiertamente renuncian a participar en el ‘juego democrático’.

***

La fragmentación del tejido social se hace más evidente en momentos de perplejidad política como los que se han vivido tan repetidamente durante el 2016. Aquellos que han defendido la postura ‘más sensata’, y se consideran, por ende, conciliadores (los del SI en Colombia, los anti-Trump en EEUU, por mencionar algunos) han caído con frecuencia en comportamientos propios de la insensatez: han señalado, juzgado, rechazado, denigrado, insultado, se han indignado con quienes no piensan como ellos (basta con ver los innumerables post de los defensores del SI en Colombia, o las recientes publicaciones de Moby respecto a las elecciones en EEUU). Se han parado en algo que no puedo llamar más que ‘superioridad moral’ que, creen ellos, quizás de manera inconsciente, se han ganado gracias a su ‘progresismo’ y su ‘mente abierta’. Olvidan que la unión no se hace sólo con quien piensa igual, sino sobre todo con quien piensa diferente. Y terminan jugando mejor que nadie el juego de la polarización.

Por eso la indignación y el menosprecio hacia el otro es infértil, pues es precisamente con ese otro con quien hay disenso con quien se debe dialogar y a quien se debe entender y aceptar. Defender públicamente ideas progresistas no nos hace automáticamente progresistas. Defender el respeto por la diferencia no nos exime de efectivamente trabajar día a día por el respeto a la diferencia, así esa diferencia no se ajuste a nuestras convicciones. Defender a viva voz la paz no es lo mismo que construir efectivamente paz. Esa es, quizás, la esencia del espíritu democrático tan ausente de nuestras democracias contemporáneas, y la gran lucha que debemos dar si queremos una sociedad más justa, incluyente y respetuosa de las diferencias.

***

No creo que quienes apoyaron las causas ‘menos sensatas’ estén más confundidos que los otros. Todos lo estamos. Algunos queremos hacer cosas diferentes, pero realmente no sabemos cómo. Algunos quisiéramos construir un mundo mejor para nosotros y para los otros, pero es evidente que votar cada cuatro años no es el camino.

Lo que nos corresponde es encontrar nuevas vías de participación política. Dejar de lavarnos las manos cada vez que votamos, sintiendo en nuestro interior que hemos cumplido nuestra labor democrática y patriótica, y actuar día a día como seres responsables de nosotros mismos y de los demás, conscientes de nuestro papel simultáneo de individuos y seres políticos. La construcción de un mundo más justo no se hace necesariamente desde la plaza pública o desde las marchas (aun cuando sean mecanismos tradicionales muy válidos); se hace desde toda acción cotidiana; desde dejar de insultar al otro porque piensa diferente y votó por el NO e intentar comprender sus razones y motivos; o desde dejar de decirle al que votó por el SI que es un ‘guerrillero castrochavista’ y comprender sus ansias de unión y de conciliación; desde dejar la mala leche y la envidia; desde dejar de juzgar a los demás y de mirar qué es lo que nos hace falta mejorar en nuestro interior, para luego intentar construir en un nivel más amplio, desde las capacidades y posibilidades de cada quien.


El llamado es a reconstruir nuestra noción de la sociedad y a empezar a transformar la fragmentación a la que nuestra individualidad exacerbada nos ha llevado. El mundo no es estúpido; lo estúpido es creer que no tenemos nada que ver con el estado de cosas actual, que todo es culpa de los políticos y de los otros. Lo estúpido es mantenerse ciegamente en unas convicciones quizás anacrónicas, y en indignarse por la situación del mundo con un quejido espontáneo y fugaz, sin consecuencias efectivas. Hace falta una revolución, no de masas ni violenta, sino de consciencia, de empatía, de reconstrucción del tejido social. Quizás la perplejidad sea el motor que nos hacía falta para iniciarla de una buena vez.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Retiro

- ¿Es definitivo, Jota?

Jota fumaba y veía la lluvia golpear la ventana. Se sentía bien, cómodo, en ese tercer piso, y apreciaba, sobre todo, la vista: un extenso campo verde que a esa hora de la mañana contrastaba con el gris y blanco intenso del horizonte, que se antojaba inacabable. Apenas miró a Nicolás de reojo.

- Pensé que era temporal – dijo Nicolás, sentado en el sillón junto a la cama destendida.

Jota seguía absorto en el paisaje. Tosió, luego fumó de nuevo. Abrió la ventana, soltó el humo. Se sentía bien el viento salpicado por pequeñas gotas de lluvia suave en el rostro.

- Todo es temporal. O no, según el ánimo con que uno se levante.

Nicolás se quedó mirándolo por un rato. Podía estar a punto de lanzar alguno de sus monólogos interminables, aunque cada vez hablaba menos. Jota le devolvió la mirada y sonrió con suavidad.

-  Ya lleva cuánto, ¿tres años?
-  Cuatro – respondió Jota.

Quizás por la certeza que le imprimía a sus palabras, Nicolás recordó la energía de niño que tuvo siempre Jota en la universidad. Su determinación en los partidos de fútbol. La vitalidad con que bailaba durante las noches de salsa. La convicción de sus argumentos en las clases o en las tardes de marihuana en el campus. Le pareció que de eso había sido ya mucho tiempo.

-   Habrán sido provechosos, me imagino – dijo Nicolás.

Jota pareció de repente muy cansado, como si la pregunta le hubiera soltado todo un océano encima. Le dio una última fumada al cigarrillo y sin soltar el humo botó la colilla por la ventana. ‘Provechoso’, pensó Jota, indiferente.

-   ¿Ha vuelto a escribir? – preguntó Nicolás.
-   No. Hace mucho no escribo nada.

Jota había abandonado la literatura a los 28 años, casi dos antes de recluirse.

Todavía extrañaba a Lucía, su ex esposa, quien había renunciado a visitarlo seis meses atrás. Jota sabía, muy adentro, que el motivo de su ausencia era esa ‘rasquiña del alma’, como ella llamaba con sarcasmo, que se había ido apoderando de él poco a poco y que para ella se había vuelto insoportable. Ese algo que se había gestado desde mucho antes (quizás desde esa infancia congelada en su memoria en un puñado de imágenes y sensaciones más bien confusas), y que se manifestaba en cierta desidia vital, como en el hecho de no querer tener hijos o en no emocionarse nunca demasiado con nada. Porque nada importa, pensaba Jota. La constante sucesión de días y noches podría dar la impresión de que algo más allá de los hombres ocurre, pero vistas las cosas con crudeza, nada importa. Es más imprescindible una rosa cualquiera perdida en un campo cualquiera que un pensamiento estúpido de cualquier hombre.

-   Camine a dar una vuelta, Nico.

Salieron del edificio. Jota se dirigió, con la mirada absorta en el piso, hacia el campo verde. Todavía lloviznaba. Nicolás pensó en decirle que habría sido buena idea ponerse un saco, porque ese viento tan frío que hacía en Zipaquirá podría enfermarlo, pero prefirió guardarse el consejo.

Caminaron durante varios minutos, uno junto al otro, en silencio. Jota le ofreció un cigarrillo a Nicolás y tomó otro para sí. Los recuerdos de todo lo compartido en la universidad (los paseos a aquella finca en Anapoima, las borracheras de dos y hasta tres días seguidos con los amigos en común, las discusiones literarias impulsadas más por un espíritu de competencia que por el simple gusto de discutir, los domingos de fútbol en el estadio, la muerte de Julio) llegaban a Nicolás impregnados de nostalgia, y le hacían sentir que Jota se había apagado. Este Jota que ahora fumaba a su lado, que caminaba sin afán y de vez en cuando miraba absorto al horizonte, le parecía otro: un fantasma, quizás un impostor (un hermano gemelo no reconocido, un doble idéntico). Mientras caminaban, Nicolás pensó que para comprobar la identidad de su amigo debía someterlo a un interrogatorio riguroso en el que sólo pudiera responder el verdadero Jota. ¿Primer libro que intercambiamos? ¿Nombre del mujerón que nos besó a ambos en tercer semestre? ¿Existió en realidad tal mujerón? ¿Qué opinión tiene de García Márquez? Sí, sí, la respuesta con groserías, por favor. Pensó en esto con una sonrisa. Ese tipo de juegos con Jota eran muy comunes en el pasado. Pero en ese instante su amigo era un misterio que no podía descifrar muy bien. Era como si algo se hubiera roto en él, o como si algo que estaba roto antes hubiera empezado a restaurarse.

Después de varios minutos de caminar sin rumbo por el prado, llegaron a unas bancas rodeadas de árboles. Se sentaron.

-   Esto es a lo que yo llamaría ‘provechoso’, Nico.

Estuvieron largo rato, sin hablar, cada uno inmerso en su propio silencio. Nicolás tomó otro cigarrillo, mientras miraba a Jota sin querer ser demasiado incisivo. La lluvia se había intensificado junto con el viento. En su vientre la necesidad de volver a casa, junto a Juliana y la bebé, empezó a sentirse incontrolable. Se paró e hizo un ademán con la cabeza a Jota, invitando a seguirlo.

-  Usted siempre ha sido raro, Jota. Ahora más que nunca – sonrió. - Pero creo que por eso es que lo quiero.
-  No se ponga con maricadas, Nico. No hace falta. Igual gracias por la visita.


Llegaron a la puerta del hogar de retiro. Ambos se miraron a los ojos. Se dieron un apretón de manos vehemente, varonil, como siempre lo habían hecho. Y sin decirse adiós, Nicolás se fue caminando hacia su carro, estacionado en una trocha llena de barro que hacía las veces de parqueadero. No volteó a mirar, aunque sabía que Jota se había quedado fumando en la puerta, observándolo alejarse. No sabía si Jota le despertaba pena o total admiración por haberlo dejado todo, algo que él jamás lograría porque, siendo honesto consigo mismo, era un cobarde muy cómodo en su cobardía. Encendió su carro. El radio lanzó a medio volumen la música del CD de The Doors que venía escuchando antes de llegar, y durante un segundo de introspección se preparó para el viaje de dos horas que le esperaba rumbo a su casa.

martes, 26 de agosto de 2014

el cadáver del pasado yace sobre el desierto

el cadáver del pasado yace sobre el desierto

ya no hiede

relumbra 
sobre la arena 
como cráneo de elefante

exhala un silencio elocuente
y reclama
la arbitrariedad de lo efímero

quedan los huesos

un eco

una huella

sólo eso

lunes, 28 de julio de 2014

En una loma

Vivir días sin nombre, horas anónimas regidas por el aliento y el capricho de los aires y los insectos. Despojarse de ataduras, de esas cárceles inservibles que la ciudad envuelve sobre nosotros. Desaprender el lenguaje de todos los días y seres, darle nuestra sangre a las palabras, hacer de ellas un camino a nuestra alma y nuestros dioses. Descifrar lo que parece no tener clave, motivo, huella.

Todo es arbitrario y sin embargo esa arbitrariedad es también una diosa, emparentada con el caos y el misterio. El universo es arbitrario e indescifrable, pero es, está, lo soy a cada paso y lo vivo con cada palpitar y cada parpadeo. Es gracias a mi propia arbitrariedad y mi propia conciencia de ella que por un instante comprendo, realmente comprendo, que el milagro de respirar es arbitrario pero no azaroso.


Sumergirse en lo que "es" (nada tan esquivo e impreciso como el lenguaje, las palabras que ahora intento encaminar hacia adentro) me acerca a lo divino; el tiempo todo, 'imagen móvil de la eternidad', es el reflejo, a veces roto, a veces profundo, del universo; el fractal. Sincronía. Y no sé por que me pongo tan trascendental pero la evidencia es desbordante.


Mis palabras se las comerán los pájaros o los perros como lo que son, testimonios efímeros y quizás marchitos de algo que siempre se me escapa. No me puedo bañar ni vestir con palabras y sin embargo son mi instrumento. Oficio vano, como todo oficio humano, el de escribir. Mas oficio de cazador de atardeceres, de soles de matices eternos que se diluyen en el horizonte. Oficio vacío, y, sin embargo, hermoso.


22-jul-2014

jueves, 24 de abril de 2014

23 y 24 de abril de 2014

Se aproxima la medianoche y algo se me quiere escapar a través de las letras. Aún no sé qué es; algo así como un cosquilleo en la punta de los dedos, un brote de hormigas en la garganta que calla, porque la noche exige silencio. Mucho he pensado sobre el arte, mi momento y los niveles de mi vitalidad. Quizás porque luego de días y días de ansiedad, de esa que te sumerge en el humo del cigarrillo y que te lleva a mirar a las estrellas buscando respuestas, por fin he encontrado el reposo. Era necesario. Mis nervios y mi corazón ya estaban acusando el desgaste de la incertidumbre y de la penumbra. En la ansiedad no es posible la reflexión, sólo el vértigo. Por eso cuando llega la calma, las neuronas o el espíritu, como quiera llamárselo, encuentran refugio y por fin germinan. Hoy, con frío y ganas de dormir, las letras me llaman; no puedo ser ajeno a su canto.

Hay en el artista una contradicción. No sé si implícita en todos. Al menos en mí, sí. He estado siempre sometido a un impulso perfeccionista que, bien visto, ha sido más obstáculo que impulso para mí. El querer hacer algo más allá de lo común, de hacerlo sobresalientemente, y de ser reconocido por ello, debo reconocerlo, han sido parte de mis intentos artísticos. Grita en ello un deseo de aceptación, un rechazo a la marginalidad que por fin he comprendido como recurrente en mi vida. He sido siempre un marginal y nunca quise ni me gustó serlo. Pero, por esas ironías de los dioses que juegan, he ahí mi virtud y mi condena: la marginalidad, aún repudiada, es mi signo. De ahí han surgido todos mis intentos por encontrarme, reconciliarme, reconstruirme. Sé que no soy un músico demasiado bueno, ni un escritor demasiado bueno tampoco, pero me empeño en recorrer ambos caminos porque siento que allí por fin me abrazaré conmigo mismo; porque allí encuentro refugio, porque allí me siento libre aunque no del todo cómodo a ratos, porque allí tengo algo mío que nadie me puede quitar o pisotear. Sigo siendo un marginal; mis letras y mis melodías me sirven fundamentalmente a mí y no deberían servir para nada más. Soy disperso, indisciplinado, perezoso a ratos y falto de convicción con más frecuencia de lo que quisiera. Pero a pesar de mí mismo, algo tengo, algo he podido construir.

Sé que divago. Que las ideas no se conectan con suavidad como obliga el manual. No importa. Algo se me escapa a través de las palabras, algo que buscaba salir hace mucho y que debo empezar a purgar si no quiero atragantarme. Mañana será otro día.

lunes, 7 de abril de 2014

El abismo

En el abismo nos damos cuenta de qué estamos hechos porque estamos solos con nuestra penumbra y con las voces de nuestros fantasmas que retumban en el vacío. En la penumbra, todo sonido, incluso el palpitar de nuestro corazón, se amplifica de tal manera que nos devela algo, lo oculto, el misterio. Sin la soledad del abismo no podemos acercarnos a ello. Sin su silencio, sin sus tinieblas, jamás podremos escucharnos con atención, percibir los matices infinitos de nuestra propia voz, que contiene en sí los murmullos de las piedras, el bramar orgánico del mundo y de todos los dioses y sátiros de la Naturaleza. En nuestra voz, aún desprovista de articulación o palabra (es decir, en su estado primigenio) resuenan los ecos de la eternidad.

lunes, 20 de enero de 2014

Sobre la impermanencia

Por Sigmund Freud
Traducido de la versión en inglés de James Strachey

No hace mucho estuve en una caminata de verano a través de un sonriente campo en la compañía de un amigo taciturno y de un poeta joven pero ya famoso. El poeta admiraba la belleza de la escena a nuestro alrededor pero no sentía regocijo alguno por ella. Estaba perturbado por el pensamiento de que toda esa belleza estaba destinada a la extinción, que se esfumaría cuando llegara el invierno, como toda la belleza humana y la belleza y esplendor que los hombres han creado o podrían crear. Todo lo que de otra manera él hubiera amado y admirado le parecía desprovisto de su valor por la impermanencia, su condena.

La disposición a la decadencia de todo lo bello y perfecto puede, como sabemos, dar surgimiento a dos impulsos distintos en la mente. Uno lleva a la dolorosa congoja sentida por el joven poeta, mientras que el otro lleva a la rebelión contra el hecho afirmado. ¡No! Es imposible que toda la gracia de la Naturaleza y el Arte, del mundo de nuestras sensaciones y del mundo exterior, realmente se desvanezcan en la nada. Sería demasiado desprovisto de sentido y demasiado presuntuoso creerlo. De una manera u otra esta gracia debe ser capaz de persistir y de escapar a todos los poderes de la destrucción.

Pero esta exigencia de inmortalidad es un producto de nuestros deseos demasiado inequívoco como para hacerle reclamo a la realidad: lo que es doloroso puede sin embargo ser cierto. No pude ver un camino para entrar en disputas sobre la impermanencia de todas las cosas, ni pude insistir en una excepción a favor de lo que es bello y perfecto. Pero sí disputé la visión pesimista del poeta de que la impermanencia de lo que es bello implica alguna pérdida en su valor.

Por el contrario, ¡un aumento! El valor de la impermanencia es el valor de la escasez en el tiempo. La limitación en la posibilidad del goce incrementa el valor del goce. Es incomprensible, declaré, que el pensamiento de la impermanencia de la belleza pueda interferir con nuestro gozo de ella. Considerando la belleza de la Naturaleza, cada vez que es destruida por el invierno regresa de nuevo al siguiente año, y eso en relación con la longitud de nuestras vidas puede de hecho ser considerado como eterno. La belleza de la forma y rostro humanos se esfuman para siempre en el transcurso de nuestras propias vidas, pero su evanescencia solo les brinda un fresco encanto. Una flor que se abra solamente por una noche no nos parece por esa razón menos encantadora. Ni tampoco puedo entender nada mejor por qué la belleza y perfección de una obra de arte o de un logro intelectual deba perder su valor debido a su limitación temporal. Un tiempo vendrá, ciertamente, en que las pinturas y estatuas que hoy admiramos se derrumben de polvo, o en que una raza de hombres que ya no comprendan las obras de nuestros poetas y pensadores nos suceda, o puede incluso llegar una era geológica en la que toda la vida animada sobre la tierra cese; pero ya que el valor de toda esta belleza y perfección solo está determinado por su importancia para nuestras propias vidas emocionales, no tiene ninguna necesidad de sobrevivirnos, y es, por lo tanto, independiente de la duración absoluta.

Estas consideraciones me parecieron indiscutibles; pero noté que no había causado impresión alguna sobre el poeta o sobre mi amigo. Mi fracaso me llevó a inferir que algún factor emocional poderoso que estaba en marcha perturbaba sus juicios, y  más tarde creí que había descubierto cuál era. Lo que arruinó su goce de la belleza tuvo que ser una rebelión en contra del duelo. La idea de que toda esta belleza era impermanente le estaba dando a estas dos mentes sensitivas un anticipo de duelo sobre su deceso; y, dado que la mente instintivamente huye de cualquier cosa dolorosa, sintieron que su goce de la belleza interfería con los pensamientos de su impermanencia.

El duelo por la pérdida de algo que hemos amado o admirado parece tan natural para el lego que es vista por él como auto-evidente. Pero para los psicólogos, el duelo es un gran enigma, uno de esos fenómenos que no pueden ser explicados por sí mismos pero a partir de los cuales otras oscuridades pueden ser rastreadas. Poseemos, como parece, una cierta porción de capacidad para el amor – que llamamos libido -  la cuál en las etapas más tempranas de su desarrollo está dirigida hacia nuestro propio ego. Más tarde, aunque todavía en una etapa muy temprana, esta libido se riega desde el ego hacia los objetos, los cuáles son, en cierto sentido, llevados hacia nuestro ego. Si tales objetos son destruidos o los perdemos, nuestra capacidad para el amor (nuestra libido) es una vez más liberada; y puede entonces tomar otros objetos a cambio o puede temporalmente regresar al ego. Pero por qué este desprendimiento de sus objetos por parte de la libido debe ser un proceso tan doloroso es un misterio para nosotros, y hasta el momento no hemos sido capaces de esbozar ninguna hipótesis para dar cuenta de ello. Sólo vemos que la libido se aferra a sus objetos y no renunciará a aquellos que se han perdido incluso cuando un sustituto se encuentra listo a mano. Eso, pues, es el duelo.

Mi conversación con el poeta tuvo lugar en el verano antes de la guerra. Un año después, la guerra se desató y le robó sus bellezas al mundo. No solo destruyó la belleza de los campos por los cuales pasó y las obras de arte que se cruzó en su camino, sino que también destrozó nuestro orgullo por los logros de nuestra civilización, nuestra admiración por muchos filósofos y artistas y nuestras esperanzas en el triunfo final sobre las diferencias entre las naciones y las razas. Empañó la noble imparcialidad de nuestra ciencia, reveló nuestros instintos en toda su desnudez y liberó los espíritus malignos de nuestro interior que creíamos domesticados para siempre por la continua educación de siglos de las mentes más nobles. Hizo a nuestro país nuevamente pequeño y convirtió al resto del mundo en algo muy remoto. Nos robó mucho de lo que amábamos,  y nos mostró cuan efímeras eran muchas de las cosas que veíamos como inalterables.


No podemos sorprendernos de que nuestra libido, así despojada de tantos de sus objetos, se haya aferrado con la mayor intensidad a lo que nos quedó, que nuestro amor por nuestro país, nuestro afecto por aquellos cercanos a nosotros y nuestro orgullo en lo que es común a nosotros de repente se hayan fortalecido. Pero aquellas otras posesiones, que ya hemos perdido, ¿realmente han cesado de tener algún valor para nosotros porque se han mostrado tan perecederas y tan poco resistentes? Para muchos de nosotros esto parece ser así, pero una vez más erróneamente, en mi perspectiva. Creo que quienes piensan así, y parecen listos a realizar una renuncia permanente porque lo que era precioso no se ha mostrado duradero, están simplemente en estado de duelo por lo que se ha perdido. El duelo, como sabemos, por doloroso que pueda ser llega espontáneamente a un fin. Cuando ha renunciado a todo lo que se ha perdido, entonces se ha consumido a sí mismo, y nuestra libido es de nuevo libre (en la medida en que aún seamos jóvenes y activos) para reemplazar los objetos perdidos por otros más frescos, igual o aún más preciosos. Es de esperarse que lo mismo sea cierto sobre las pérdidas causadas por esta guerra. Una vez el duelo se termine, se encontrará que nuestra alta opinión sobre las riquezas de la civilización no ha perdido nada por el descubrimiento de su fragilidad. Debemos construir de nuevo todo lo que la guerra ha destruido, y quizás en un suelo más firme, y más duraderamente que antes.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Desde un cafetal, bajo la lluvia



23-dic-2013




No solo el rumor de la lluvia me dice algo. También los pájaros. También las hojas de los árboles y de las matas que en su seno acogen las gotas de agua milenaria. Cuando el agua y las hojas se encuentran se abre un portal. La hoja se estremece, se sacude, como si hubiera sido despertada. Y un ser invisible (un ave, un insecto, quizás una creatura divina) se posa sobre una de las hojas, luego otra, cientos más, en un carnaval etéreo y fugaz.

Pasa un instante mecido por el murmullo del viento y la lluvia. Esta vez el que vuela es un pájaro de carne y sangre, con su pico y todo su plumaje multicolor. Quizás alentado por búsquedas que no comprendo, sigue los rastros de las gotas de lluvia sobre las hojas. Ahora veo que sí son aves invisibles, o dioses encarnados que en una lengua ajena a mi entendimiento, de vibraciones cálidas e inaudibles, revelan a los pájaros de este mundo los secretos del agua y del fuego y del llanto.

***

Una magia que me sobrepasa ocurre cuando me siento a leer el mundo desnudo y cuando intento abarcar, siquiera por un instante, sus esquivos mecanismos. Algo sucede cuando me despojo del afán, de la ansiedad, y dejo que mis palpitaciones se sincronicen con el latido del mundo. El sentido de todas las cosas se me escapa, pero sé que más allá de mi ignorancia y de mis limitaciones hay voces eternas que cantan y gritan. Mi llamado, si es que tales voces se han rebajado a hablarme, es a seguir sus huellas de viento y darles un lenguaje humano, traducirlas a una forma que me sea más cercana.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Manifiesto

La cosa empezó con un vacío que no se curaba con nada. Un plato de salchichas en trocitos, una copa de vino blanco, un puñado de dulces multicolores. Intentó con toda clase de comida, desde los pinchos a mil pesos del centro de la ciudad hasta el sushi preparado en vivo. Pero la infructuosidad de la tarea pronto se le hizo palpable: era imposible sentirse lleno porque el vacío no era fisiológico. Ni toda la carne del mundo podría cubrirlo. A la luz de la evidencia del fracaso gastronómico, empezó entonces a buscar una solución distinta. Primero, la marihuana. Luego, el fútbol a toda hora, en televisión y en la cancha del barrio. Por último, y hasta el día de hoy, cerveza en cantidades descomunales. Estas alternativas generaron algún bienestar temporal. Uno que otro momento memorable. Muchas noches de insomnio, eso sí, y monumentales guayabos. No mucho más. Ante la desesperación de las vísceras incómodas y de las manos que no dejaban de temblar optó por una última opción. Al final el vacío no se ha llenado, pero escribir le ha permitido al menos disfrutar de la comida.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Incertidumbre


Lo más difícil es la incertidumbre. Quizá la ruptura definitiva y total de la rutina. O lo inesperado del momento, de no haberlo nunca vislumbrado y de verse abrumado por el fuego del relámpago. Aun cuando el universo (o Dios, o la Energía, como quiera ser llamado) no lo desampara a uno y le ofrece lo que uno mismo busca o necesita o desea intensamente, no es fácil asumir la pérdida. No es fácil sentirse rechazado. Se acostumbra uno a la comodidad del día a día, a los pequeños pactos tácitos como la llamada matutina, la pregunta de rigor por la salud o por los gatos. Y encontrarse de repente sin nada de eso es una tragedia personal que solo estando en ella se dimensiona. Ni el más pesimista de los balances o de los análisis de antemano, en frío, nos dice nada del momento de la turbulencia, ese estallido de agua en las rocas, ese temblor de arena movediza que trastorna el alma entera.

Las emociones son incontrolables. Por eso están más cerca de la vida misma que la razón: a esta podemos ponerle límites, podemos trabajar con ella, emplearla en tareas específicas que distan mucho de los procesos biológicos más básicos. Las emociones son incontrolables porque no se someten a nada. No obedecen a ningún freno. No aceptan fronteras, no se dejan encerrar en ninguna parte. Son como un río inmenso (de nuevo se encuentra uno con la imagen de Heráclito), rodeado de montañas y árboles y bosques, en el cual, si uno llega a caer por suerte o fatalidad, se verá arrastrado a la par que el lodo, los escombros, las ramas y piedras. Habrá momentos de engañosa calma, de contemplación del universo, de, quizás, ver a Dios en el reflejo del agua, de deleite con los ruidos marinos y del bosque. Pero tales momentos de contemplación se irán tan rápido como llegan, porque el río es incontenible, vital, poderoso, un dios más grande que todas las mitologías, que sin atenerse a la triste y frágil voluntad humana (nada más que lodo y piedras) hace Su voluntad. Y uno se ve arrastrado a los rápidos, a las zonas rocosas contra las cuales nuestro cuerpo indefenso se estrella, se desgarra, se magulla. Se hunde en los torbellinos innumerables del caudal (que guardan en su seno todas las cosas, incluso los recuerdos del primer hombre, como atrapados en la eternidad), sumiéndose en largas temporadas de incertidumbre y vacío.

Pero en ningún otro momento se está más vivo, precisamente porque no está uno amarrado a ningún consuelo ni a ninguna esperanza. Porque solo en ese momento se sienten las fuerzas de la naturaleza tal cual son: desnudas, desatadas, inmensas.

Para vivir hay pues que lanzarse al río. Y si uno cae en él empujado por algún ángel o algún demonio que se atraviese en el camino, deberá aceptarlo como lo que es: un regalo del universo, una travesía laberíntica al fondo de la vida y de uno mismo, el momento crucial de la existencia, ese que le dicta a uno su destino y le muestra su reflejo.

10-jun-13 

martes, 27 de agosto de 2013

Languidez


I.
hay días en los que no me la llevo bien conmigo mismo 
y camino cabizbajo 
con las manos en los bolsillos

la gente
las casas derruidas
las calles
aceras casi ruinas
me abruman 

y mi cuerpo me es ajeno 
el mundo me es ajeno 

me desconozco y me pierdo

me imagino como pájaro en lontananza

como pájaro en vuelo 
que busca cielos más amables 
al vaivén del viento caprichoso

pero no soy pájaro ni viento ni cielo

voy caminando
y nada soy

y si hace sol el esplendor me agobia
y si hace frío anhelo fuego en mis entrañas

¿será eso lo que llaman tristeza? 
¿nostalgia? 
¿vacío?

solo bajo la lluvia hallo algo de sosiego 
quizás porque me siento en casa

el consuelo de las gotas en mi rostro 
purifica el peso del tiempo

ya ni la música me alegra 
y busco melodías mórbidas trágicas grises 
como cielo bogotano de invierno

y ahí también me siento en casa


II.
solo en días aciagos
la vida se desnuda 
se muestra en su pureza 
transitoria 
           voraz 
                 hermosa

y descubro que ese caos que me habita 
esa fuerza incontrolable 
de la vida desatada 
es el camino

la única vía

no hay perfección 
sin vértigo

no hay paraíso perdido

los perdidos somos nosotros 
porque el paraíso está ahí 
atrás adelante adentro

saborear el caos 
los pequeños infiernos cotidianos 
las emociones sin fuero

eso es el paraíso

si debo perder 
perderme 
para comprender 
bienvenida la pérdida 
el duelo 
y la tristeza

pues sin abandono 
no hay sabiduría

Dualidad

“-Una buena parte del mundo va naciendo y otra buena parte muriendo, y todos sabemos que todos tenemos que vivir o todos morir: en esto no hay término medio.”
Roberto Bolaño, primer manifiesto infrarrealista

No hay sino una única verdad, absoluta, contundente, irrefutable: nacemos y morimos. Ni la existencia de Dios, ni la realidad del mundo tal y como lo vemos y experimentamos pueden considerarse irrefutables. Tampoco la convicción de que el Big Bang en efecto ocurrió tal y como lo describen los físicos (quienes navegan a tientas entre especulaciones y luces borrosas, entre imágenes de telescopios poderosísimos pero en últimas producto de la imperfecta industria humana). Como hombres, nuestra única verdad y nuestro único consuelo es ese: nacemos y morimos.

En nuestra existencia consciente no hay más límites concretos que esos dos puntos definitivos. Hemos nacido en un lugar y momento específicos del que la mayoría tenemos noticias por nuestros padres o por alguien mayor que nosotros. Aunque bien es cierto que miles de personas en el mundo desconocen su origen, ya sea por abandono, por engaño o por obra de tiranías, sobre el hecho mismo de que todos y cada uno de los habitantes de este planeta hemos nacido no cabe la menor duda. Hemos nacido. Eso es incuestionable.

Con la muerte solo hay incertidumbre. Sabemos que es una realidad, algo así como una guillotina que pende sobre nuestro cuello permanentemente y que no sabemos nunca en qué momento nos cercenará la cabeza. Con mucha frecuencia, quizás, nos olvidamos de esa carga sobre nosotros. Nos sumergimos tanto en el flujo cotidiano, en el afán consumista, en el vivir desentendido, que por momentos nos sentimos inmortales. Otras veces, empujados por la fatalidad, la evidencia de la muerte se nos hace tan urgente que su sombra nos atormenta incluso en el sueño. Pero seamos indiferentes a ella o estemos sometidos a la psicosis, la muerte es un fardo que cargamos desde el momento mismo de nuestro alumbramiento y que mientras estemos vivos, nunca, querámoslo o no, podremos quitarnos de encima.

Los griegos (ese pueblo trágico, por lo mismo extremadamente creativo) creían que la existencia toda era una condena a la muerte. Que desde el momento mismo de nuestra concepción ya estábamos muriendo. Sócrates, uno de los más lúcidos de ellos, fue aún más allá, y estableció que la vida misma no era nada más que una preparación para una buena muerte: nada de lo que hacemos en vida tiene sentido si no está dirigido a aceptar y a asumir de la mejor manera nuestra partida.

No poca razón tenían. Pues tan solo en un aspecto fisiológico, es evidente que nuestro cuerpo a partir de cierta edad, en la cual todas sus funciones alcanzan su plenitud, comienza a decaer inevitablemente. Y que nuestras facultades mentales (en particular la memoria) se ven seriamente afectadas con el tiempo. Y que cada día que pasa nos hacemos menos proclives al cambio y a la transformación, una manera de empezar a morir en vida.

Pero en algo se quedaron cortos. Porque aunque es cierto que parte de nosotros muere todo el tiempo, también obedecemos a fuerzas poderosas, creativas, fértiles, que nos obligan constantemente a reconstruirnos, a redescubrirnos, a incinerarnos. En una palabra, nos obligan a renacer.

Así que nos debatimos constantemente entre uno y otro punto; entre el punto fijo, inamovible, de nuestro nacimiento, y el punto siempre flotante e incierto de la muerte. Esos dos límites determinan nuestra existencia, y no es ilícito suponer que todo el tiempo nos movemos en repercusiones a pequeña escala de esos límites. Como el universo es dinámico, nosotros, sometidos a sus leyes, lo somos también. Por eso la diversidad de estados de ánimo, de emociones, de deseos. Por eso la inestabilidad de nuestros anhelos y de nuestras convicciones. Todos los días se mueren en nosotros aspectos que en otros tiempos y en otras circunstancias constituían la esencia misma de nuestras vidas, y se abren paso nuevas realidades. Cada mañana nacemos de nuevo. Cada noche morimos un poco. Cada mañana al bañarnos muere algo que ya no es nuestro. Cada noche al entrar en el mundo de los sueños algo a lo que no estábamos atentos se despierta en nosotros. Pero con frecuencia nos negamos a esas muertes y a esos nacimientos, porque no hemos sido lo suficientemente educados para asumir la transitoriedad de todo lo que somos, ni para vivir de acuerdo a ella. Asumirnos como energía fluctuante, como olas de mar arrastradas por la corriente y por la intensidad de la luna.

No significa esto, sin embargo, que en momentos específicos de nuestras vidas dejamos de ser totalmente lo que éramos y que nuestro ‘yo’ del pasado se convierte en un cadáver putrefacto al que hay que enterrar. Somos más bien un árbol repleto de frutas diversas, de todos los colores y sabores, que brotan y se caen de nosotros todo el tiempo. Algunas de ellas, enterradas en lo más profundo, dejan de ser vitales y se pudren. Y ahí se hace necesario escarbar en nosotros y botarlas, porque como ocurre con las manzanas enfermas, si no son sacadas a tiempo terminarán por pudrir al árbol entero.

Más que en rupturas radicales con nuestro pasado, deberíamos creer en la transformación paulatina y constante de nuestras fuerzas interiores. Emparentados con los reptiles y las aves, mudamos de piel con regularidad y abrimos las alas a nuevas realidades, a nuevos estados de conciencia y aprendizaje.

El motor de estos cambios es sin duda la existencia misma, con sus grandes dosis de inestabilidad y caos. Y de inevitable sufrimiento. Pero es ahí, en el sufrimiento, donde el proceso de nacimiento y muerte más evidente se hace, donde con más virulencia se manifiesta la dinámica dual de nuestra existencia. Porque gracias a ese motor, que en principio no sabemos enfrentar y que nos abruma, nos vemos obligados a hacer limpieza de nuestro árbol interior, arrojamos lejos las frutas podridas y encontramos otras nuevas, quizás de sabores fuertes y desconocidos, quizás incluso frutas prohibidas, pero que sin duda nos abren otras puertas y otros caminos que nos llevarán, inevitablemente, a nosotros mismos.

domingo, 11 de agosto de 2013

Gabriela

Se me apareció oscura, con el rostro vuelto como hacia un callejón sin salida. Debían ser las tres de la mañana o algo así porque no mucho tiempo antes, a las 2:47 que marcaba el viejo radio-reloj de mi cuarto, me había levantado a orinar y a beber agua. Las ocho, o nueve, o diez cervezas que me tomé con Rubén en el chuzo de Chapinero donde nos encontramos para cambiar libros y opiniones de lo que escribimos me dejaron borracho, algo ganoso y algo punk, y apenas llegué a mi casa y caminé trastabillando con hambre a mi pieza, con sueño, con ese sabor amargo en la boca sin lavar, caí sobre mi cama sin quitarme la ropa como si me hubieran dado el tiro de gracia por la espalda. Estaba exhausto. Ese día me había despertado temprano, cuatro de la mañana o quizás antes. A la luz de la lámpara de mi escritorio me había puesto a leer los cuentos de Bolaño en edición de lujo (leí, recuerdo bien, Detectives y también Putas Asesinas) que me pasó Rubén la semana anterior, el cual, según me dijo sin asomo de pudor, se llevó de la casa de un desconocido amigo de su ex novia, o su ex algo, a cuya fiesta había llegado por azar. La colección de libros de Rubén es vastísima, yo diría que suma unos 600 ejemplares, casi todos en ediciones costosas, casi todos conseguidos de la misma forma que el de Bolaño. De una fiesta con los amigos de la Nacho (donde estudió literatura a medias por encontrarla insípida hace ya bastantes años), había tomado ‘prestado’, como decía siempre, el segundo tomo de las Obras Completas de Borges. En otra, a la que yo asistí junto a mi amante de entonces, una amiga casual de la dueña de casa, que celebraba no recuerdo qué experimento artístico, le había dado la oportunidad perfecta para sacarse Rayuela en edición de Alfaguara. (A esa amante mía que resultó ser tan solo transitoria la volví a ver otras cinco, seis noches; las dos primeras veces tiramos más con las ganas de sacarnos el verano compartido de encima que con verdadera lujuria, hasta que nos dimos cuenta que nuestro sexo era apenas mediocre y nos abandonamos sin despedidas bajo la lluvia bogotana de una lúgubre tarde de agosto de 2006). Podría contar la historia de por lo menos cincuenta de los libros de Rubén, de las que yo he tenido noticia de primera mano o por boca de él (Ampliación del campo de batalla de Houellebecq, El otoño del patriarca y Todos los cuentos de Gabo, el tercer o cuarto tomo de Proust, no recuerdo bien, Bioy Casares y Onetti, Los caballitos del diablo de Tomás González, la lista es larga), cada uno de ellos un trofeo en los estantes de mi amigo, para quien la literatura es tan universal que no hay nada de malo en tomarla prestada. Yo jamás le he dicho nada, no tanto por falta de censura sino porque Rubén tiene un gusto increíble, es generoso y gracias a él he podido sumergirme en las letras de todos esos personajes a quienes alguna vez me gustaría mirar de frente, hablarles de igual a igual, decirles que los jóvenes también se roban mis libros y sufren con ellos y se los regalan a sus conquistas y se enfervorizan conmigo y me dedican tesis de grado, y así se me ablanda la reprensión. No ha sido un año fácil. En diciembre pasado se venció mi afiliación a la BLAA y no he podido renovarla. De no ser por Rubén me habría tocado a mí ser el ladrón de libros.

            Y entonces, esa noche, agotado por el poco y mal sueño que había tenido durante días y sometido a la cálida embriaguez de las cervezas y el hambre, la sentí cruzando el umbral de mi cuarto, y justo cuando sus pasos sigilosos me llevaron a abrir los ojos y voltearme, giró la cabeza súbitamente. El cabello negro, tan largo que le caía sobre las nalgas, cubrió su rostro y me vedó su imagen, y se fue, y quise seguirla pero la fuerza del sueño y el peso del cuerpo me impidieron moverme, y no supe de mí ni de ella hasta el día siguiente que una llamada de mi hermano me despertó a las diez de la mañana.

            En aquel tiempo yo andaba sin trabajo fijo y hacía uno que otro encargo de amigos, o de amigos de amigos que necesitaban una mano. Eran trabajos aburridos y mal pagos: corregir “ensayos” finales de estudiantes de ingeniería sobre el Banquete de Platón para la clase de ‘Ética del ingeniero’ o tristísimas reseñas de películas para una electiva de ‘Cine y sociedad’ con muy poco de cine y mucho menos de sociedad, escritas con esa terrible ortografía contemporánea que puede producir derrame cerebral. Me habían echado de mi puesto de profesor por no resistirme a una de mis estudiantes de once y no ser lo suficientemente inteligente para esperar un par de meses y hacerle la vuelta en secreto, y no solo perdí mi trabajo sino también a Juliana, que al enterarse de todo gracias a un reportaje de no recuerdo cuál noticiero de mierda que varias de sus amigas (que no me querían, o que tal vez querían tirar conmigo y sentían celos de ella y no dudaron en lanzarme al agua) se encargaron de hacerle llegar sin demora. Así que me quedé solo en el apartamento que habíamos alquilado por seis meses, solo y sin trabajo y sin posibilidades de aspirar de nuevo a algún colegio o alguna cátedra por mi jodida “carencia de ética”, pero no podía irme porque cometí la estupidez de firmar el contrato de permanencia y estaba en la obligación de cumplirlo o pagar la recesión.

Entonces me quedé ahí, solo en ese apartamento, no, solo no, más bien rodeado por los fantasmas que he ido acumulando a lo largo de mi vida y que se me fueron haciendo visibles bajo el humo del cigarrillo o el vapor del agua de la ducha o en los peores momentos del guayabo. Al comienzo no me importó que Juliana se largara puteándome escaleras abajo a la casa de su mamá. Me sentía aburrido de ella, de su desinterés, de su excesivo esnobismo, de su cada vez más insoportable cantaleta cuando me quedaba con Rubén en alguna reunión hablando de fútbol o de libros, de sus cada vez más desaforados celos. Llegamos al punto en que no podía saludar a la portera del edificio sin luego tener que aguantarme su eterna alegadera, que yo recibía en silencio y con los ojos fijos en el piso, intentando que no me molestara pero sin conseguirlo y guardando hacia ella un rencor lento, amargo. Estuve demencialmente enamorado de su arte y de su cuerpo durante un año en que tuve los mejores polvos de mi vida, pero luego se fueron haciendo menos recurrentes y más predecibles, Juliana se volvió rutinaria y posesiva, y tan rápido y fogosamente como me desquicié por ella se me olvidó quererla.

            Pero luego vino la nostalgia, esa que desde mi juventud me va envolviendo de a poquitos como una telaraña cuando tengo frío y estoy abandonado a mi suerte, cuando llueve, cuando escucho Radiohead o Pink Floyd y me doy cuenta de mi insignificancia como escritor o como amante o como ser humano. Y empecé a extrañarla, a desearla de nuevo, a desenredar en mi cabeza toda esa maraña de emociones que me había dejado al irse del apartamento, y una noche, quizá bajo el influjo de una cerveza con amigos o de un porro o de algún poema de Rilke, me sentí miserable. La culpa se me estancó en las tripas, y se me atascó el alma, y no pude evitar la sensación de haberla cagado irremediablemente. Juliana era la única mujer que se había aguantado mis güevonadas y (creía yo) me había hecho feliz. Y ya no estaba. Y difícilmente volvería conmigo.
           
            Empecé a escribirle poemas (una humillación a la que no había cedido ni siquiera en mi adolescencia), me le aparecí intempestivamente muchas veces a la hora del almuerzo o a la salida del trabajo, atiborré su celular de mensajes y llamadas perdidas, su correo electrónico de insultos y luego de disculpas y luego de cartas de amor denigrantes, y lo único que recibía en respuesta eran sus empujones, sus muecas, su silencio. Frecuentaba los lugares que frecuentábamos juntos sabiendo de antemano que jamás se asomaría por ahí pero con el pueril deseo de que ella pensara que yo no era capaz de aparecerme por ahí y que de repente llegara y me encontrara en la barra y por fin nos sentáramos a hablar. Y así me fui sumiendo en la tristeza, en la melancolía del paraíso perdido, cada vez en mejores términos con el alcohol y las drogas, y mis amigos de entonces se fueron aburriendo de mi obsesión y de mis malos tragos, y hasta Rubén se distanció por un tiempo.
           
            Mi hermano Nicolás me despertó ese día con la noticia de que había visto a Juliana en un concierto de La 33 con otro man, que no se habían despegado ni para ir al baño, que se había hecho la pendeja para no saludarlo. «Parce», me dijo, «deje ya la güevonada por esa nena. Parece un quinceañero». Su reproche era sincero. Después de que me fui de la casa empezamos a acercarnos, pues antes, cuando vivíamos juntos, no nos hablábamos mucho, teníamos una relación apenas cordial, o al menos eso sentía yo. Nunca sospeché que mi hermano me respetara tanto en silencio, que me siguiera los pasos, que les hablara a sus amigos de mí con admiración. Y desde que me fui de la casa empezamos a hablar más, a vernos con cierta frecuencia para ir a algún concierto o a tomarnos unas chelas mientras veíamos algún partido o simplemente mientras hablábamos mierda. La última vez que nos habíamos visto, bueno, no podría decirse que ‘nos habíamos visto’, él me vio a mí en un estado tan deplorable que sólo me quedan recuerdos cargados de guaro y de la música de las Almas y Nicolás ofreciéndome un vaso con agua y los problemas para pagar la cuenta y el sabor del vómito en algún sitio cercano al bar. El mismo drama se repitió un par de veces, con lugares y personajes secundarios diferentes, pero el mismo drama en esencia. Nicolás cuidándome, Nicolás fastidiado con su hermano despechado y al borde de un coma etílico. Mientras me contaba los pormenores del concierto recordé mi noche anterior, y la vi oscura, con el rostro cubierto por el cabello negro, y sentí un estremecimiento silencioso que de repente me hizo ver a Juliana y a su nuevo amante como a través de un vidrio blindado, como dentro de aquellas esferas gringas de Navidad que al agitarlas se cubren de nieve y se ven tan bellas y muertas, y por un instante me olvidé de todo y pronuncié unas palabras que no parecían mías sino de alguno de mis fantasmas, «Esa vieja me importa un culo, Nico», y me extrañé por lo seguras que sonaban, y sonreí para luego cerrar los ojos y disfrutar de mi vacío momentáneo.

            Durante el año que viví con Juliana escribí poco, mucho menos de lo que habría deseado, concentrado más en la vida doméstica, en el trabajo de Juliana, en sus exposiciones, en sus amigos, en preparar clase (algunas veces, muy pocas en realidad), en revisar los exámenes y trabajos finales de mis estudiantes del colegio que en mis propios asuntos, y a las diez y media de la noche, cuando me desocupaba y me sentaba a leer un rato para luego escribir una o dos horas, el cansancio era tan abrumador que en cuestión de minutos empezaba a bostezar y a perder el hilo de la lectura de turno o a emputarme porque claramente esa noche no había inspiración y no iba a pasar de las cien palabras. Al otro día la alarma me arrebataba al sueño y ya no tenía tiempo más que para ducharme de afán, comer algo de mala manera y salir al colegio a aburrirme mortalmente hasta las cuatro de la tarde. Y así al día siguiente, y al siguiente. Algunos fines de semana, los que no desperdiciaba durmiendo o recuperándome de los excesos de los viernes, podía escribir, pero fueron tan pocos entre tanto ajetreo que durante ese año no escribí más de dos o tres cuentos (bastante flojos, por cierto) que ya ni sé si guardo todavía o si destruí cuando Juliana empezaba a dolerme.

Pero esa noche algo cambió. Y sentí la irremediable necesidad de escribir todo eso que tenía atorado en la garganta, y dejé de vomitar alcohol y bilis y empecé a vomitar palabras, al principio con algo de dificultad pero cada vez con mayor soltura. Después de que colgué el teléfono me levanté por un poco de agua, me preparé unos huevos revueltos y una taza de café (mal hechos) y me fui a mi escritorio plagado de libros a medio leer, hojas sueltas, rayadas, arrugadas, post-its incoherentes con alguna que otra cita de Bolaño, Cortázar, Welsh, Palahniuk, que me quedé leyendo por un rato en el que algunas imágenes, algunos versos ronroneaban en mi cabeza. Entonces, súbitamente, tal vez poseído por alguno de mis viejos fantasmas recurrentes, empecé a hacer orden, a botar las hojas inservibles que me estorbaban, y recordé mi viejo cuadernillo de notas, que tenía desde que me gradué de la universidad, y empecé a buscarlo con afán por toda la casa, pero la angustia me asaltó porque no recordaba si lo había masacrado a patadas en mis noches de desolación y rabia o si lo había dejado con vida, y con esa incertidumbre escarbé entre la biblioteca en desorden y los libros apiñados en el suelo y mi clóset, me tiré al piso a buscarlo de cualquier manera bajo los muebles, los tapetes, la cama, y no lo encontraba pero cada vez me convencía más de que era necesario un poco de limpieza en esa casa abandonada a la entropía desde que se había ido Juliana, y el cuaderno no aparecía, y yo arrastrándome en calzoncillos, maldiciendo, lamentando mi grandísima estupidez y cobardía, hasta que sin saber en qué momento terminó allí lo encontré detrás del inodoro, y me alegré como si el universo acabara de nacer con todas sus constelaciones enteritas y brillantes, y lo abrí a la altura de la última entrada, escrita más de un año atrás con pésima letra, ‘la estudiante del cuento tiene que parecer salvaje, un poco como las actrices porno que representan las fantasías masculinas más comunes. Lo jodido ahí será evitar la caricatura de la gatita, el cliché de la femme fatale de puteadero’. Me hice a un esfero cualquiera y empecé a esbozar lo que se me cruzaba por la cabeza, algunos personajes, algunos recuerdos de mis últimos meses, versos incipientes, el recuento de sueños que de repente me volvieron a la cabeza, y después de mucho tiempo sentí algo que yo sabía muy bien que no era la felicidad pero que muy bien la imitaba.

Y poco a poco algo fue tomando forma, un relato, un poema en prosa, no lo sé muy bien, que se me fue extendiendo, en el que una mujer exactamente igual a la de mi recuerdo se me aparecía oscura, y se escabullía por entre la noche, y me servía de inspiración para un relato sin fondo. Trabajé en ello día y noche, obsesivamente, sin ningún rigor pero sin tregua, dejando tiempo apenas para fumar o salir a caminar por la ciudad en las tardes cada vez más lluviosas y regresar empapado hasta la médula pero tranquilo, en un equilibrio como de alta mar. Y uno de esos días en que la lluvia se desató como debió hacerlo en los primeros días del mundo creí verla cruzando la calle, con las manos dentro de unos jeans que parecían ser negros, hermosamente mojada, e intenté alcanzarla, correr con toda la velocidad que me permitían mis músculos, pero la fuerza del agua y la falta de ejercicio y comida me dejaron exhausto sin haberla visto siquiera de lejos. Al volver, como todos los días, la casera empezó a fastidiarme con su cobradera y la amenaza de que me iba a echar a la calle en cualquier instante si no le pagaba los dos meses que le debía, que en cualquier instante llamaría a la policía, y mientras ella se esforzaba en sacarme una reacción con sus palabras venenosas y su dicción grosera y su escupidera al hablar yo la miraba y callaba, y sonriendo hacia adentro la dejé en la entrada del edificio peleando sola y subí con calma a mi cuarto a buscarla a ella, la mujer de mi recuerdo, en mis cuadernos de notas.

Ayer me volví a ver con Rubén. Le devolví el libro de Bolaño casi terminado y esta vez me prestó uno de Gómez Jattin, el poeta maldito de Cereté del que conozco la leyenda pero del que no he leído nada todavía, «para que sepa lo que es bueno, perrito». Nos pusimos cita en la Séptima con Jiménez, justo enfrente del edificio de El Tiempo, a eso de las nueve, y mientras esperábamos a dos “amiguitas” de Rubén para ir a bailar a Escobar y Rosas nos fuimos a un chuzo de la Plazoleta del Rosario a tomarnos unas polas. El sitio olía a feo, había llovido mucho, y después de dos cervezas decidimos irnos a donde Doña Ceci, mucho más barato y donde por lo menos habría más ambiente, por lo menos habría una que otra hippie a la cual echarle el ojo un rato. Ahí aproveché para contarle sobre mi nuevo proyecto pero sin ahondar en detalles, y Rubén me dijo que la idea no estaba mala, que habría que ver de qué manera lograba contarla, que le recordaba algunos pasajes de Poe y así, contada a la ligera, le traía recuerdos de Brazil de Terry Gilliam. Yo nunca he visto esa película, y ahí empezamos una discusión sobre lo que Borges dijo alguna vez, que las metáforas a las que los hombres tenemos acceso son siempre las mismas pero que sufren infinitas transformaciones, por lo que dos personas completamente desconocidas entre sí pueden tener el mismo sueño y contarlo exactamente igual tan sólo variando el color del vestido de una de las protagonistas o los rasgos en la cara de otra de ellas, y que llevando el argumento al extremo de la locura a lo mejor nosotros mismos, en ese instante, tan sólo éramos la mediocre réplica de un par de griegos discutiendo sobre el arte de la tragedia en la Atenas del siglo IV a. de C. Y nos íbamos poniendo contentos, cinco, seis, siete cervezas, empezamos a gastar monedas en la rockola del chuzo y a gritar canciones de Soda Stereo y Caifanes, no sé por qué nos dio ayer la onda del rock en español, y a eso de las once llegaron las amiguitas de Rubén, una que aguantaba mucho, la otra apenas regular, como sin muchas ganas de farrear y maquillada excesivamente. Ya en ese momento poco me importaba alguna cosa y nos fuimos de una a Escobar, que estaba repleto. Bajamos al sótano con botella de vodka en mano, y en medio del bullicio y la multitud atiborrada que intentaba bailar de cualquier manera no fue mucho lo que pude conversar con Lorena, o Liliana, no recuerdo cómo se llamaba la nena aquella, fea ya vista de cerca y a pesar de los tragos que llevaba yo encima, no sólo fea sino también rancia. No supe a qué salió anoche, y se lo dije. Se la pasó haciendo mala cara y quejándose a toda hora por la turba y el calor y lo caro del sitio, y yo hacía todo lo posible por no cagarme la fiesta e intentar despertarle un poco el ambiente a Lucía, o Laura, o como se llame, pero nada, la vieja se empeñaba en amargarse y amargarme mientras que el huevón de Rubén la pasaba bueno. Claro, ahí caí en cuenta de su plan: yo sería su idiota útil y me encargaría de la fea para que él pudiera hacerle la vuelta a la bonita, cosa que más que molestarme me hizo reír porque no era la primera vez que pasaba y ya antes lo había hecho yo también. Se besaban y bailaban al son de Ismael Rivera y Willie Colón, y ni siquiera se preocupaban por el vodka, que se convirtió en la salvación de mi aburrimiento. Sin nadie con quién pasarla decidí recostarme sobre la pared y contemplar el delirio en que Escobar y Rosas se había convertido, a mirar impasible desde el centro del caos lo que era anoche el universo.


Al cabo de un rato sentí ganas de ir al baño, y entre empujones y codazos y miradas de odio me fui abriendo paso por entre la multitud que se extasiaba en el baile como si fuera el fin del mundo. Y justo antes de llegar vi su hermosa cabellera larga y negra, la vi subiendo sola por las escaleras y mirándome a la distancia. La llamé a gritos, «Gabriela», infructuosamente en medio del bullicio, sin saber de dónde había salido su nombre, y de inmediato me fui en su búsqueda, pero me demoré tanto en cruzar el sótano que al llegar a la escalera y subir le había perdido el rastro. Aún jadeante salí por la puerta del bar, y rodeado por una gélida y despiadada brisa de páramo, por gotitas de tormenta dormida, me fui tras ella, con la firme determinación de encontrarla en algún lugar de la noche bogotana o morir en el intento.