viernes, 27 de diciembre de 2013
Desde un cafetal, bajo la lluvia
23-dic-2013
No solo el rumor de la lluvia me dice algo. También los pájaros. También las hojas de los árboles y de las matas que en su seno acogen las gotas de agua milenaria. Cuando el agua y las hojas se encuentran se abre un portal. La hoja se estremece, se sacude, como si hubiera sido despertada. Y un ser invisible (un ave, un insecto, quizás una creatura divina) se posa sobre una de las hojas, luego otra, cientos más, en un carnaval etéreo y fugaz.
Pasa un instante mecido por el murmullo del viento y la lluvia. Esta vez el que vuela es un pájaro de carne y sangre, con su pico y todo su plumaje multicolor. Quizás alentado por búsquedas que no comprendo, sigue los rastros de las gotas de lluvia sobre las hojas. Ahora veo que sí son aves invisibles, o dioses encarnados que en una lengua ajena a mi entendimiento, de vibraciones cálidas e inaudibles, revelan a los pájaros de este mundo los secretos del agua y del fuego y del llanto.
***
Una magia que me sobrepasa ocurre cuando me siento a leer el mundo desnudo y cuando intento abarcar, siquiera por un instante, sus esquivos mecanismos. Algo sucede cuando me despojo del afán, de la ansiedad, y dejo que mis palpitaciones se sincronicen con el latido del mundo. El sentido de todas las cosas se me escapa, pero sé que más allá de mi ignorancia y de mis limitaciones hay voces eternas que cantan y gritan. Mi llamado, si es que tales voces se han rebajado a hablarme, es a seguir sus huellas de viento y darles un lenguaje humano, traducirlas a una forma que me sea más cercana.
jueves, 14 de noviembre de 2013
Manifiesto
La
cosa empezó con un vacío que no se curaba con nada. Un plato de salchichas en
trocitos, una copa de vino blanco, un puñado de dulces multicolores. Intentó
con toda clase de comida, desde los pinchos a mil pesos del centro de la ciudad hasta el sushi preparado en vivo. Pero la infructuosidad de la tarea pronto se le hizo palpable: era imposible
sentirse lleno porque el vacío no era fisiológico. Ni toda la carne del mundo
podría cubrirlo. A la luz de la evidencia del fracaso gastronómico, empezó
entonces a buscar una solución distinta. Primero, la marihuana. Luego, el fútbol a toda hora, en televisión y en la cancha del barrio.
Por último, y hasta el día de hoy, cerveza en cantidades descomunales. Estas
alternativas generaron algún bienestar temporal. Uno que otro momento memorable.
Muchas noches de insomnio, eso sí, y monumentales guayabos. No mucho más. Ante
la desesperación de las vísceras incómodas y de las manos que no dejaban de temblar optó por una última opción. Al final el
vacío no se ha llenado, pero escribir le ha permitido al menos disfrutar de la comida.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Incertidumbre
Lo más difícil es la
incertidumbre. Quizá la ruptura definitiva y total de la rutina. O lo
inesperado del momento, de no haberlo nunca vislumbrado y de verse abrumado por
el fuego del relámpago. Aun cuando el universo (o Dios, o la Energía, como
quiera ser llamado) no lo desampara a uno y le ofrece lo que uno mismo busca o
necesita o desea intensamente, no es fácil asumir la pérdida. No es fácil
sentirse rechazado. Se acostumbra uno a la comodidad del día a día, a los
pequeños pactos tácitos como la llamada matutina, la pregunta de rigor por la
salud o por los gatos. Y encontrarse de repente sin nada de eso es una tragedia
personal que solo estando en ella se dimensiona. Ni el más pesimista de los
balances o de los análisis de antemano, en frío, nos dice nada del momento de
la turbulencia, ese estallido de agua en las rocas, ese temblor de arena
movediza que trastorna el alma entera.
Las emociones son
incontrolables. Por eso están más cerca de la vida misma que la razón: a esta
podemos ponerle límites, podemos trabajar con ella, emplearla en tareas
específicas que distan mucho de los procesos biológicos más básicos. Las
emociones son incontrolables porque no se someten a nada. No obedecen a ningún
freno. No aceptan fronteras, no se dejan encerrar en ninguna parte. Son como un
río inmenso (de nuevo se encuentra uno con la imagen de Heráclito), rodeado de
montañas y árboles y bosques, en el cual, si uno llega a caer por suerte o
fatalidad, se verá arrastrado a la par que el lodo, los escombros, las ramas y
piedras. Habrá momentos de engañosa calma, de contemplación del universo, de,
quizás, ver a Dios en el reflejo del agua, de deleite con los ruidos marinos y
del bosque. Pero tales momentos de contemplación se irán tan rápido como
llegan, porque el río es incontenible, vital, poderoso, un dios más grande que
todas las mitologías, que sin atenerse a la triste y frágil voluntad humana
(nada más que lodo y piedras) hace Su voluntad. Y uno se ve arrastrado a los
rápidos, a las zonas rocosas contra las cuales nuestro cuerpo indefenso se
estrella, se desgarra, se magulla. Se hunde en los torbellinos innumerables del
caudal (que guardan en su seno todas las cosas, incluso los recuerdos del
primer hombre, como atrapados en la eternidad), sumiéndose en largas temporadas
de incertidumbre y vacío.
Pero en ningún otro momento se
está más vivo, precisamente porque no está uno amarrado a ningún consuelo ni a
ninguna esperanza. Porque solo en ese momento se sienten las fuerzas de la
naturaleza tal cual son: desnudas, desatadas, inmensas.
Para vivir hay pues que
lanzarse al río. Y si uno cae en él empujado por algún ángel o algún demonio
que se atraviese en el camino, deberá aceptarlo como lo que es: un regalo del
universo, una travesía laberíntica al fondo de la vida y de uno mismo, el
momento crucial de la existencia, ese que le dicta a uno su destino y le
muestra su reflejo.
10-jun-13
martes, 27 de agosto de 2013
Languidez
I.
hay días en los que no me la llevo bien conmigo mismo
y camino cabizbajo
con las manos en los bolsillos
la gente
las casas derruidas
las calles
aceras casi ruinas
me abruman
y mi cuerpo me es ajeno
el mundo me es ajeno
me desconozco y me pierdo
me imagino como pájaro en lontananza
como pájaro en vuelo
que busca cielos más amables
al vaivén del viento caprichoso
pero no soy pájaro ni viento ni cielo
voy caminando
y nada soy
y si hace sol el esplendor me agobia
y si hace frío anhelo fuego en mis entrañas
¿será eso lo que llaman tristeza?
¿nostalgia?
¿vacío?
solo bajo la lluvia hallo algo de sosiego
quizás porque me siento en casa
el consuelo de las gotas en mi rostro
purifica el peso del tiempo
ya ni la música me alegra
y busco melodías mórbidas trágicas grises
como cielo bogotano de invierno
y ahí también me siento en casa
II.
solo en días aciagos
la vida se desnuda
se muestra en su pureza
transitoria
voraz
hermosa
y descubro que ese caos que me habita
esa fuerza incontrolable
de la vida desatada
es el camino
la única vía
no hay perfección
sin vértigo
no hay paraíso perdido
los perdidos somos nosotros
porque el paraíso está ahí
atrás adelante adentro
saborear el caos
los pequeños infiernos cotidianos
las emociones sin fuero
eso es el paraíso
si debo perder
perderme
para comprender
bienvenida la pérdida
el duelo
y la tristeza
pues sin abandono
no hay sabiduría
Dualidad
“-Una
buena parte del mundo va naciendo y otra buena parte muriendo, y todos sabemos
que todos tenemos que vivir o todos morir: en esto no hay término medio.”
Roberto Bolaño, primer manifiesto infrarrealista
No hay
sino una única verdad, absoluta, contundente, irrefutable: nacemos y morimos. Ni
la existencia de Dios, ni la realidad del mundo tal y como lo vemos y
experimentamos pueden considerarse irrefutables. Tampoco la convicción de que
el Big Bang en efecto ocurrió tal y como lo describen los físicos (quienes
navegan a tientas entre especulaciones y luces borrosas, entre imágenes de
telescopios poderosísimos pero en últimas producto de la imperfecta industria
humana). Como hombres, nuestra única verdad y nuestro único consuelo es ese:
nacemos y morimos.
En
nuestra existencia consciente no hay más límites concretos que esos dos puntos
definitivos. Hemos nacido en un lugar y momento específicos del que la mayoría
tenemos noticias por nuestros padres o por alguien mayor que nosotros. Aunque
bien es cierto que miles de personas en el mundo desconocen su origen, ya sea
por abandono, por engaño o por obra de tiranías, sobre el hecho mismo de que todos
y cada uno de los habitantes de este planeta hemos nacido no cabe la menor
duda. Hemos nacido. Eso es incuestionable.
Con la
muerte solo hay incertidumbre. Sabemos que es una realidad, algo así como una
guillotina que pende sobre nuestro cuello permanentemente y que no sabemos
nunca en qué momento nos cercenará la cabeza. Con mucha frecuencia, quizás, nos
olvidamos de esa carga sobre nosotros. Nos sumergimos tanto en el flujo
cotidiano, en el afán consumista, en el vivir desentendido, que por momentos
nos sentimos inmortales. Otras veces, empujados por la fatalidad, la evidencia
de la muerte se nos hace tan urgente que su sombra nos atormenta incluso en el
sueño. Pero seamos indiferentes a ella o estemos sometidos a la psicosis, la
muerte es un fardo que cargamos desde el momento mismo de nuestro alumbramiento
y que mientras estemos vivos, nunca, querámoslo o no, podremos quitarnos de
encima.
Los
griegos (ese pueblo trágico, por lo mismo extremadamente creativo) creían que
la existencia toda era una condena a la muerte. Que desde el momento mismo de
nuestra concepción ya estábamos muriendo. Sócrates, uno de los más lúcidos de
ellos, fue aún más allá, y estableció que la vida misma no era nada más que una
preparación para una buena muerte: nada de lo que hacemos en vida tiene sentido
si no está dirigido a aceptar y a asumir de la mejor manera nuestra partida.
No
poca razón tenían. Pues tan solo en un aspecto fisiológico, es evidente que
nuestro cuerpo a partir de cierta edad, en la cual todas sus funciones alcanzan
su plenitud, comienza a decaer inevitablemente. Y que nuestras facultades
mentales (en particular la memoria) se ven seriamente afectadas con el tiempo.
Y que cada día que pasa nos hacemos menos proclives al cambio y a la
transformación, una manera de empezar a morir en vida.
Pero
en algo se quedaron cortos. Porque aunque es cierto que parte de nosotros muere
todo el tiempo, también obedecemos a fuerzas poderosas, creativas, fértiles,
que nos obligan constantemente a reconstruirnos, a redescubrirnos, a
incinerarnos. En una palabra, nos obligan a renacer.
Así
que nos debatimos constantemente entre uno y otro punto; entre el punto fijo,
inamovible, de nuestro nacimiento, y el punto siempre flotante e incierto de la
muerte. Esos dos límites determinan nuestra existencia, y no es ilícito suponer
que todo el tiempo nos movemos en repercusiones a pequeña escala de esos
límites. Como el universo es dinámico, nosotros, sometidos a sus leyes, lo
somos también. Por eso la diversidad de estados de ánimo, de emociones, de
deseos. Por eso la inestabilidad de nuestros anhelos y de nuestras
convicciones. Todos los días se mueren en nosotros aspectos que en otros
tiempos y en otras circunstancias constituían la esencia misma de nuestras
vidas, y se abren paso nuevas realidades. Cada mañana nacemos de nuevo. Cada
noche morimos un poco. Cada mañana al bañarnos muere algo que ya no es nuestro.
Cada noche al entrar en el mundo de los sueños algo a lo que no estábamos
atentos se despierta en nosotros. Pero con frecuencia nos negamos a esas
muertes y a esos nacimientos, porque no hemos sido lo suficientemente educados
para asumir la transitoriedad de todo lo que somos, ni para vivir de acuerdo a
ella. Asumirnos como energía fluctuante, como olas de mar arrastradas por la
corriente y por la intensidad de la luna.
No significa
esto, sin embargo, que en momentos específicos de nuestras vidas dejamos de ser
totalmente lo que éramos y que nuestro ‘yo’ del pasado se convierte en un
cadáver putrefacto al que hay que enterrar. Somos más bien un árbol repleto de
frutas diversas, de todos los colores y sabores, que brotan y se caen de
nosotros todo el tiempo. Algunas de ellas, enterradas en lo más profundo, dejan
de ser vitales y se pudren. Y ahí se hace necesario escarbar en nosotros y botarlas,
porque como ocurre con las manzanas enfermas, si no son sacadas a tiempo terminarán
por pudrir al árbol entero.
Más
que en rupturas radicales con nuestro pasado, deberíamos creer en la
transformación paulatina y constante de nuestras fuerzas interiores. Emparentados
con los reptiles y las aves, mudamos de piel con regularidad y abrimos las alas
a nuevas realidades, a nuevos estados de conciencia y aprendizaje.
El
motor de estos cambios es sin duda la existencia misma, con sus grandes dosis
de inestabilidad y caos. Y de inevitable sufrimiento. Pero es ahí, en el
sufrimiento, donde el proceso de nacimiento y muerte más evidente se hace,
donde con más virulencia se manifiesta la dinámica dual de nuestra existencia.
Porque gracias a ese motor, que en principio no sabemos enfrentar y que nos
abruma, nos vemos obligados a hacer limpieza de nuestro árbol interior, arrojamos
lejos las frutas podridas y encontramos otras nuevas, quizás de sabores fuertes
y desconocidos, quizás incluso frutas prohibidas, pero que sin duda nos abren
otras puertas y otros caminos que nos llevarán, inevitablemente, a nosotros
mismos.
domingo, 11 de agosto de 2013
Gabriela
Se
me apareció oscura, con el rostro vuelto como hacia un callejón sin salida.
Debían ser las tres de la mañana o algo así porque no mucho tiempo antes, a las
2:47 que marcaba el viejo radio-reloj de mi cuarto, me había levantado a orinar
y a beber agua. Las ocho, o nueve, o diez cervezas que me tomé con Rubén en el
chuzo de Chapinero donde nos encontramos para cambiar libros y opiniones de lo
que escribimos me dejaron borracho, algo ganoso y algo punk, y apenas llegué a
mi casa y caminé trastabillando con hambre a mi pieza, con sueño, con ese sabor
amargo en la boca sin lavar, caí sobre mi cama sin quitarme la ropa como si me
hubieran dado el tiro de gracia por la espalda. Estaba exhausto. Ese día me
había despertado temprano, cuatro de la mañana o quizás antes. A la luz de la
lámpara de mi escritorio me había puesto a leer los cuentos de Bolaño en
edición de lujo (leí, recuerdo bien, Detectives
y también Putas Asesinas) que me pasó Rubén la semana anterior,
el cual, según me dijo sin asomo de pudor, se llevó de la casa de un
desconocido amigo de su ex novia, o su ex algo, a cuya fiesta había llegado por
azar. La colección de libros de Rubén es vastísima, yo diría que suma unos 600
ejemplares, casi todos en ediciones costosas, casi todos conseguidos de la
misma forma que el de Bolaño. De una fiesta con los amigos de la Nacho (donde
estudió literatura a medias por encontrarla insípida hace ya bastantes años),
había tomado ‘prestado’, como decía siempre, el segundo tomo de las Obras Completas de Borges. En otra, a la
que yo asistí junto a mi amante de entonces, una amiga casual de la dueña de
casa, que celebraba no recuerdo qué experimento artístico, le había dado la
oportunidad perfecta para sacarse Rayuela
en edición de Alfaguara. (A esa amante mía que resultó ser tan solo transitoria
la volví a ver otras cinco, seis noches; las dos primeras veces tiramos más con
las ganas de sacarnos el verano compartido de encima que con verdadera lujuria,
hasta que nos dimos cuenta que nuestro sexo era apenas mediocre y nos
abandonamos sin despedidas bajo la lluvia bogotana de una lúgubre tarde de
agosto de 2006). Podría contar la historia de por lo menos cincuenta de los
libros de Rubén, de las que yo he tenido noticia de primera mano o por boca de
él (Ampliación del campo de batalla
de Houellebecq, El otoño del patriarca y
Todos los cuentos de Gabo, el tercer
o cuarto tomo de Proust, no recuerdo bien, Bioy Casares y Onetti, Los caballitos del diablo de Tomás
González, la lista es larga), cada uno de ellos un trofeo en los estantes de mi
amigo, para quien la literatura es tan universal que no hay nada de malo en
tomarla prestada. Yo jamás le he dicho nada, no tanto por falta de censura sino
porque Rubén tiene un gusto increíble, es generoso y gracias a él he podido sumergirme
en las letras de todos esos personajes a quienes alguna vez me gustaría mirar de
frente, hablarles de igual a igual, decirles que los jóvenes también se roban
mis libros y sufren con ellos y se los regalan a sus conquistas y se
enfervorizan conmigo y me dedican tesis de grado, y así se me ablanda la
reprensión. No ha sido un año fácil. En diciembre pasado se venció mi
afiliación a la BLAA y no he podido renovarla. De no ser por Rubén me habría
tocado a mí ser el ladrón de libros.
Y entonces, esa noche, agotado por
el poco y mal sueño que había tenido durante días y sometido a la cálida
embriaguez de las cervezas y el hambre, la sentí cruzando el umbral de mi
cuarto, y justo cuando sus pasos sigilosos me llevaron a abrir los ojos y voltearme,
giró la cabeza súbitamente. El cabello negro, tan largo que le caía sobre las
nalgas, cubrió su rostro y me vedó su imagen, y se fue, y quise seguirla pero
la fuerza del sueño y el peso del cuerpo me impidieron moverme, y no supe de mí
ni de ella hasta el día siguiente que una llamada de mi hermano me despertó a
las diez de la mañana.
En aquel tiempo yo andaba sin
trabajo fijo y hacía uno que otro encargo de amigos, o de amigos de amigos que
necesitaban una mano. Eran trabajos aburridos y mal pagos: corregir “ensayos”
finales de estudiantes de ingeniería sobre el Banquete de Platón para la clase de ‘Ética del ingeniero’ o tristísimas
reseñas de películas para una electiva de ‘Cine y sociedad’ con muy poco de
cine y mucho menos de sociedad, escritas con esa terrible ortografía
contemporánea que puede producir derrame cerebral. Me habían echado de mi
puesto de profesor por no resistirme a una de mis estudiantes de once y no ser
lo suficientemente inteligente para esperar un par de meses y hacerle la vuelta
en secreto, y no solo perdí mi trabajo sino también a Juliana, que al enterarse
de todo gracias a un reportaje de no recuerdo cuál noticiero de mierda que
varias de sus amigas (que no me querían, o que tal vez querían tirar conmigo y
sentían celos de ella y no dudaron en lanzarme al agua) se encargaron de
hacerle llegar sin demora. Así que me quedé solo en el apartamento que habíamos
alquilado por seis meses, solo y sin trabajo y sin posibilidades de aspirar de
nuevo a algún colegio o alguna cátedra por mi jodida “carencia de ética”, pero
no podía irme porque cometí la estupidez de firmar el contrato de permanencia y
estaba en la obligación de cumplirlo o pagar la recesión.
Entonces
me quedé ahí, solo en ese apartamento, no, solo no, más bien rodeado por los fantasmas
que he ido acumulando a lo largo de mi vida y que se me fueron haciendo
visibles bajo el humo del cigarrillo o el vapor del agua de la ducha o en los
peores momentos del guayabo. Al comienzo no me importó que Juliana se largara
puteándome escaleras abajo a la casa de su mamá. Me sentía aburrido de ella, de
su desinterés, de su excesivo esnobismo, de su cada vez más insoportable
cantaleta cuando me quedaba con Rubén en alguna reunión hablando de fútbol o de
libros, de sus cada vez más desaforados celos. Llegamos al punto en que no
podía saludar a la portera del edificio sin luego tener que aguantarme su
eterna alegadera, que yo recibía en silencio y con los ojos fijos en el piso,
intentando que no me molestara pero sin conseguirlo y guardando hacia ella un
rencor lento, amargo. Estuve demencialmente enamorado de su arte y de su cuerpo
durante un año en que tuve los mejores polvos de mi vida, pero luego se fueron
haciendo menos recurrentes y más predecibles, Juliana se volvió rutinaria y
posesiva, y tan rápido y fogosamente como me desquicié por ella se me olvidó
quererla.
Pero luego vino la nostalgia, esa
que desde mi juventud me va envolviendo de a poquitos como una telaraña cuando
tengo frío y estoy abandonado a mi suerte, cuando llueve, cuando escucho
Radiohead o Pink Floyd y me doy cuenta de mi insignificancia como escritor o
como amante o como ser humano. Y empecé a extrañarla, a desearla de nuevo, a desenredar
en mi cabeza toda esa maraña de emociones que me había dejado al irse del
apartamento, y una noche, quizá bajo el influjo de una cerveza con amigos o de
un porro o de algún poema de Rilke, me sentí miserable. La culpa se me estancó
en las tripas, y se me atascó el alma, y no pude evitar la sensación de haberla
cagado irremediablemente. Juliana era la única mujer que se había aguantado mis
güevonadas y (creía yo) me había hecho feliz. Y ya no estaba. Y difícilmente
volvería conmigo.
Empecé a escribirle poemas (una
humillación a la que no había cedido ni siquiera en mi adolescencia), me le aparecí
intempestivamente muchas veces a la hora del almuerzo o a la salida del
trabajo, atiborré su celular de mensajes y llamadas perdidas, su correo
electrónico de insultos y luego de disculpas y luego de cartas de amor
denigrantes, y lo único que recibía en respuesta eran sus empujones, sus
muecas, su silencio. Frecuentaba los lugares que frecuentábamos juntos sabiendo
de antemano que jamás se asomaría por ahí pero con el pueril deseo de que ella
pensara que yo no era capaz de aparecerme por ahí y que de repente llegara y me
encontrara en la barra y por fin nos sentáramos a hablar. Y así me fui sumiendo
en la tristeza, en la melancolía del paraíso perdido, cada vez en mejores
términos con el alcohol y las drogas, y mis amigos de entonces se fueron
aburriendo de mi obsesión y de mis malos tragos, y hasta Rubén se distanció por
un tiempo.
Mi hermano Nicolás me despertó ese
día con la noticia de que había visto a Juliana en un concierto de La 33 con
otro man, que no se habían despegado ni para ir al baño, que se había hecho la
pendeja para no saludarlo. «Parce», me dijo, «deje ya la güevonada por esa
nena. Parece un quinceañero». Su reproche era sincero. Después de que me fui de
la casa empezamos a acercarnos, pues antes, cuando vivíamos juntos, no nos
hablábamos mucho, teníamos una relación apenas cordial, o al menos eso sentía
yo. Nunca sospeché que mi hermano me respetara tanto en silencio, que me
siguiera los pasos, que les hablara a sus amigos de mí con admiración. Y desde
que me fui de la casa empezamos a hablar más, a vernos con cierta frecuencia
para ir a algún concierto o a tomarnos unas chelas mientras veíamos algún
partido o simplemente mientras hablábamos mierda. La última vez que nos
habíamos visto, bueno, no podría decirse que ‘nos habíamos visto’, él me vio a
mí en un estado tan deplorable que sólo me quedan recuerdos cargados de guaro y
de la música de las Almas y Nicolás ofreciéndome un vaso con agua y los
problemas para pagar la cuenta y el sabor del vómito en algún sitio cercano al
bar. El mismo drama se repitió un par de veces, con lugares y personajes
secundarios diferentes, pero el mismo drama en esencia. Nicolás cuidándome,
Nicolás fastidiado con su hermano despechado y al borde de un coma etílico.
Mientras me contaba los pormenores del concierto recordé mi noche anterior, y
la vi oscura, con el rostro cubierto por el cabello negro, y sentí un
estremecimiento silencioso que de repente me hizo ver a Juliana y a su nuevo
amante como a través de un vidrio blindado, como dentro de aquellas esferas
gringas de Navidad que al agitarlas se cubren de nieve y se ven tan bellas y
muertas, y por un instante me olvidé de todo y pronuncié unas palabras que no
parecían mías sino de alguno de mis fantasmas, «Esa vieja me importa un culo,
Nico», y me extrañé por lo seguras que sonaban, y sonreí para luego cerrar los
ojos y disfrutar de mi vacío momentáneo.
Durante el año que viví con Juliana
escribí poco, mucho menos de lo que habría deseado, concentrado más en la vida
doméstica, en el trabajo de Juliana, en sus exposiciones, en sus amigos, en
preparar clase (algunas veces, muy pocas en realidad), en revisar los exámenes
y trabajos finales de mis estudiantes del colegio que en mis propios asuntos, y
a las diez y media de la noche, cuando me desocupaba y me sentaba a leer un
rato para luego escribir una o dos horas, el cansancio era tan abrumador que en
cuestión de minutos empezaba a bostezar y a perder el hilo de la lectura de
turno o a emputarme porque claramente esa noche no había inspiración y no iba a
pasar de las cien palabras. Al otro día la alarma me arrebataba al sueño y ya
no tenía tiempo más que para ducharme de afán, comer algo de mala manera y
salir al colegio a aburrirme mortalmente hasta las cuatro de la tarde. Y así al
día siguiente, y al siguiente. Algunos fines de semana, los que no
desperdiciaba durmiendo o recuperándome de los excesos de los viernes, podía
escribir, pero fueron tan pocos entre tanto ajetreo que durante ese año no
escribí más de dos o tres cuentos (bastante flojos, por cierto) que ya ni sé si
guardo todavía o si destruí cuando Juliana empezaba a dolerme.
Pero
esa noche algo cambió. Y sentí la irremediable necesidad de escribir todo eso
que tenía atorado en la garganta, y dejé de vomitar alcohol y bilis y empecé a
vomitar palabras, al principio con algo de dificultad pero cada vez con mayor
soltura. Después de que colgué el teléfono me levanté por un poco de agua, me
preparé unos huevos revueltos y una taza de café (mal hechos) y me fui a mi
escritorio plagado de libros a medio leer, hojas sueltas, rayadas, arrugadas,
post-its incoherentes con alguna que otra cita de Bolaño, Cortázar, Welsh,
Palahniuk, que me quedé leyendo por un rato en el que algunas imágenes, algunos
versos ronroneaban en mi cabeza. Entonces, súbitamente, tal vez poseído por
alguno de mis viejos fantasmas recurrentes, empecé a hacer orden, a botar las
hojas inservibles que me estorbaban, y recordé mi viejo cuadernillo de notas,
que tenía desde que me gradué de la universidad, y empecé a buscarlo con afán
por toda la casa, pero la angustia me asaltó porque no recordaba si lo había
masacrado a patadas en mis noches de desolación y rabia o si lo había dejado
con vida, y con esa incertidumbre escarbé entre la biblioteca en desorden y los
libros apiñados en el suelo y mi clóset, me tiré al piso a buscarlo de
cualquier manera bajo los muebles, los tapetes, la cama, y no lo encontraba
pero cada vez me convencía más de que era necesario un poco de limpieza en esa
casa abandonada a la entropía desde que se había ido Juliana, y el cuaderno no
aparecía, y yo arrastrándome en calzoncillos, maldiciendo, lamentando mi
grandísima estupidez y cobardía, hasta que sin saber en qué momento terminó
allí lo encontré detrás del inodoro, y me alegré como si el universo acabara de
nacer con todas sus constelaciones enteritas y brillantes, y lo abrí a la
altura de la última entrada, escrita más de un año atrás con pésima letra, ‘la
estudiante del cuento tiene que parecer salvaje, un poco como las actrices
porno que representan las fantasías masculinas más comunes. Lo jodido ahí será
evitar la caricatura de la gatita, el cliché de la femme fatale de puteadero’. Me hice a un esfero cualquiera y empecé
a esbozar lo que se me cruzaba por la cabeza, algunos personajes, algunos
recuerdos de mis últimos meses, versos incipientes, el recuento de sueños que
de repente me volvieron a la cabeza, y después de mucho tiempo sentí algo que
yo sabía muy bien que no era la felicidad pero que muy bien la imitaba.
Y
poco a poco algo fue tomando forma, un relato, un poema en prosa, no lo sé muy
bien, que se me fue extendiendo, en el que una mujer exactamente igual a la de
mi recuerdo se me aparecía oscura, y se escabullía por entre la noche, y me
servía de inspiración para un relato sin fondo. Trabajé en ello día y noche,
obsesivamente, sin ningún rigor pero sin tregua, dejando tiempo apenas para
fumar o salir a caminar por la ciudad en las tardes cada vez más lluviosas y
regresar empapado hasta la médula pero tranquilo, en un equilibrio como de alta
mar. Y uno de esos días en que la lluvia se desató como debió hacerlo en los
primeros días del mundo creí verla cruzando la calle, con las manos dentro de
unos jeans que parecían ser negros, hermosamente mojada, e intenté alcanzarla,
correr con toda la velocidad que me permitían mis músculos, pero la fuerza del
agua y la falta de ejercicio y comida me dejaron exhausto sin haberla visto
siquiera de lejos. Al volver, como todos los días, la casera empezó a
fastidiarme con su cobradera y la amenaza de que me iba a echar a la calle en
cualquier instante si no le pagaba los dos meses que le debía, que en cualquier
instante llamaría a la policía, y mientras ella se esforzaba en sacarme una
reacción con sus palabras venenosas y su dicción grosera y su escupidera al
hablar yo la miraba y callaba, y sonriendo hacia adentro la dejé en la entrada
del edificio peleando sola y subí con calma a mi cuarto a buscarla a ella, la
mujer de mi recuerdo, en mis cuadernos de notas.
Ayer
me volví a ver con Rubén. Le devolví el libro de Bolaño casi terminado y esta
vez me prestó uno de Gómez Jattin, el poeta maldito de Cereté del que conozco
la leyenda pero del que no he leído nada todavía, «para que sepa lo que es
bueno, perrito». Nos pusimos cita en la Séptima con Jiménez, justo enfrente del
edificio de El Tiempo, a eso de las nueve, y mientras esperábamos a dos
“amiguitas” de Rubén para ir a bailar a Escobar y Rosas nos fuimos a un chuzo
de la Plazoleta del Rosario a tomarnos unas polas. El sitio olía a feo, había
llovido mucho, y después de dos cervezas decidimos irnos a donde Doña Ceci,
mucho más barato y donde por lo menos habría más ambiente, por lo menos habría
una que otra hippie a la cual echarle el ojo un rato. Ahí aproveché para
contarle sobre mi nuevo proyecto pero sin ahondar en detalles, y Rubén me dijo
que la idea no estaba mala, que habría que ver de qué manera lograba contarla,
que le recordaba algunos pasajes de Poe y así, contada a la ligera, le traía
recuerdos de Brazil de Terry Gilliam.
Yo nunca he visto esa película, y ahí empezamos una discusión sobre lo que
Borges dijo alguna vez, que las metáforas a las que los hombres tenemos acceso
son siempre las mismas pero que sufren infinitas transformaciones, por lo que
dos personas completamente desconocidas entre sí pueden tener el mismo sueño y
contarlo exactamente igual tan sólo variando el color del vestido de una de las
protagonistas o los rasgos en la cara de otra de ellas, y que llevando el
argumento al extremo de la locura a lo mejor nosotros mismos, en ese instante,
tan sólo éramos la mediocre réplica de un par de griegos discutiendo sobre el
arte de la tragedia en la Atenas del siglo IV a. de C. Y nos íbamos poniendo
contentos, cinco, seis, siete cervezas, empezamos a gastar monedas en la
rockola del chuzo y a gritar canciones de Soda Stereo y Caifanes, no sé por qué
nos dio ayer la onda del rock en español, y a eso de las once llegaron las
amiguitas de Rubén, una que aguantaba mucho, la otra apenas regular, como sin
muchas ganas de farrear y maquillada excesivamente. Ya en ese momento poco me
importaba alguna cosa y nos fuimos de una a Escobar, que estaba repleto.
Bajamos al sótano con botella de vodka en mano, y en medio del bullicio y la
multitud atiborrada que intentaba bailar de cualquier manera no fue mucho lo
que pude conversar con Lorena, o Liliana, no recuerdo cómo se llamaba la nena
aquella, fea ya vista de cerca y a pesar de los tragos que llevaba yo encima,
no sólo fea sino también rancia. No supe a qué salió anoche, y se lo dije. Se
la pasó haciendo mala cara y quejándose a toda hora por la turba y el calor y
lo caro del sitio, y yo hacía todo lo posible por no cagarme la fiesta e
intentar despertarle un poco el ambiente a Lucía, o Laura, o como se llame,
pero nada, la vieja se empeñaba en amargarse y amargarme mientras que el huevón
de Rubén la pasaba bueno. Claro, ahí caí en cuenta de su plan: yo sería su
idiota útil y me encargaría de la fea para que él pudiera hacerle la vuelta a
la bonita, cosa que más que molestarme me hizo reír porque no era la primera
vez que pasaba y ya antes lo había hecho yo también. Se besaban y bailaban al
son de Ismael Rivera y Willie Colón, y ni siquiera se preocupaban por el vodka,
que se convirtió en la salvación de mi aburrimiento. Sin nadie con quién
pasarla decidí recostarme sobre la pared y contemplar el delirio en que Escobar
y Rosas se había convertido, a mirar impasible desde el centro del caos lo que
era anoche el universo.
Al
cabo de un rato sentí ganas de ir al baño, y entre empujones y codazos y
miradas de odio me fui abriendo paso por entre la multitud que se extasiaba en
el baile como si fuera el fin del mundo. Y justo antes de llegar vi su hermosa
cabellera larga y negra, la vi subiendo sola por las escaleras y mirándome a la
distancia. La llamé a gritos, «Gabriela», infructuosamente en medio del
bullicio, sin saber de dónde había salido su nombre, y de inmediato me fui en
su búsqueda, pero me demoré tanto en cruzar el sótano que al llegar a la
escalera y subir le había perdido el rastro. Aún jadeante salí por la puerta del
bar, y rodeado por una gélida y despiadada brisa de páramo, por gotitas de
tormenta dormida, me fui tras ella, con la firme determinación de encontrarla
en algún lugar de la noche bogotana o morir en el intento.
miércoles, 3 de julio de 2013
La danza de las aguas
A Jonnathan Blake, por su
generosidad y sabiduría
Caminé un largo
trecho para llegar allá.
Empaqué mis
maletas, pensé en todo lo que podría necesitar, tomé un avión, luego otro.
Deambulé durante
mucho tiempo por mis valles interiores, a oscuras, arropado por un viento
incesante. Días. Quizás largos meses. Quizá mi vida entera. Desde esos días ya
lejanos de mi adolescencia, sumido en una soledad que se me hacía enemiga,
aquejado por tristezas y demonios demasiado fuertes para el ser vulnerable que
era, ya había iniciado el camino. En ese entonces me adentré en mis infiernos,
dejando, al entrar en ellos, toda esperanza. Pero no se llega a ningún paraíso
sin antes haberse abandonado.
De tal forma
que el camino ha sido largo y fatigoso. Pero así tenía que ser. Hoy sé, con
total certeza, que solo transitando por los abismos pude llegar al lugar donde
tenía que estar en el instante en el que debía estar.
Y allá estuve.
Esa mañana me
levanté tarde. Tenía sueño. Los pies extenuados y las piernas adoloridas de
tanto caminar. Mi mente estaba rebosante de imágenes, músicas, rostros hermosos
y delirantes. Sensaciones que me aturdían como en esas ocasiones en las que he
bebido demasiada cerveza y fumado demasiados cigarrillos. Estaba aturdido pero
alegre, como poseído por ese espíritu dionisíaco del que tanto se ufanan los
poetas malditos. Indigesto de vida. Con todo el deseo de seguir alimentándome
de ella.
Mi destino era
otro. Yo quería ir a Tigre por todo lo que había oído de ese lugar, y me
preparaba para ir hacia allá. Pero las cosas tomaron otro rumbo. Y tuve que
decidirme por otro destino; más bien, me vi obligado a seguir otro destino del
que no sabía muy bien qué esperar.
Así se me ha
pasado la vida. Yo, que intento mantener el control de aquello que puedo controlar,
he vivido las cosas más intensas, más conmovedoras cuando me he resignado a
perderlo. También las más dolorosas. Pero sin dolor no hay vida. Sin dolor solo
hay letargo, sueño, nostalgia. Así que eso de querer mantenerme bajo control ha
sido muy racional, sí, pero muy poco vital también. He derrochado energía en controlarme
y he perdido la oportunidad de vivir debido a ello. Así que ahora pienso que
quizá el mundo me ha estado gritando todo el tiempo que me resigne y que me
deje llevar, que querer ser río siendo tan solo una rama sacudida en la mitad
del caudal es solo testarudez disfrazada de voluntad.
Así que como
esa rama fui andando por las calles de Buenos Aires con el cuerpo algo cansado
de tantas experiencias acumuladas pero con el espíritu alerta a cualquier
mensaje, a cualquier señal. El aire estaba impregnado de ellas. El mundo era,
sin lugar a dudas, un reflejo de mis profundidades; todo lo que bullía en mí,
todo lo que se desplegaba en mi universo interior tenía algún tipo de
resonancia en mi alrededor, algún eco insospechado. Estaba solo, completamente
solo en medio del bullicio y el afán propios de una gran ciudad, pero al mismo
tiempo estaba en mi lugar. Mientras caminaba me iba preparando sin saberlo para
un momento indispensable de mi vida, y todo el recorrido, los pasos, las
miradas, la contemplación, eran sutiles pinceladas del cuadro que debía pintar
unos instantes después.
| Jardín Botánico |
En aquellos
momentos de soledad recordaba lo mucho que sufría cuando joven por estar solo. Que
unos años atrás el hecho de estar abandonado a mí mismo en medio de gente
desconocida habría significado un dolor y una humillación tan grandes como la
traición. Y al estar ahí solo, recordando, comprendí lo mucho que me había
costado llegar a ese punto en el que lo único que importaba era yo, un bonito
cielo, un momento de reconciliación total consigo mismo. No más reproches. No
más excusas. Simplemente asumirse y reconciliarse. Dejar atrás tanta
desolación. Darse, por fin, un lugar.
El camino a la
reconciliación está lleno de obstáculos. Porque uno siempre puede ser su peor
enemigo, o su mejor aliado. Y si las condiciones interiores no están dadas,
jamás podrá existir la reconciliación. Es como si, en palabras de Platón, uno
llegara al mundo como una unidad y debido a la exposición a la materia, esa
unidad (llámese alma, espíritu, mente) colapsara en mil pedazos, y uno tuviera
que irlos recogiendo de a poquitos, amontonándolos, uniéndolos como un
rompecabezas, y finalmente encontrarse y reconciliarse con lo que se es. Por
momentos nos deja de importar, o sencillamente dejamos de encontrarlos porque
se han escondido o porque estamos tan ciegos o tan inmersos en la oscuridad que
no podemos verlos, aun cuando estén justo delante o detrás nuestro. Pero
eventualmente los pedazos brillan de manera tan intensa que no nos queda de
otra que ir tras ellos y seguirlos reuniendo. Y cuando eso sucede es porque el
universo mismo nos está llamando la atención.
Por fin había
llegado.
Esos momentos
están siempre ahí, han estado siempre, en todo instante, pero hace falta
atención y sensibilidad para atraparlos, para dejarse llevar por ellos. De ese
espíritu se alimenta la poesía y la música. Ese día yo, por fortuna, tenía el
corazón palpitando en la frecuencia adecuada para ver más allá de lo evidente.
No puedo decir
que el tiempo pasaba, porque no sería preciso. El tiempo estaba, era. Se
desplegaba con toda su potencia y su belleza. Al cabo de un rato de
contemplación, me acerqué al borde del mirador, junto a un pescador gordo y
grande que se encontraba allí con su familia (una mujer grande también, y tres
hijos inquietos y peleadores). Me acerqué a pedirle fuego, encendí un
cigarrillo, le pregunté si había pescado algo y me contestó que no, que en tres
días de ir y regresar no había sacado nada pero que en realidad eso no
importaba mucho porque él estaba ahí para distraerse y darle tiempo de juego a
su familia.
Después regresé
a mi lugar, solo sobre una barda de cemento, y algo absolutamente deslumbrante,
milenario y majestuoso absorbió por completo mi atención: el reflejo del sol
del poniente sobre las aguas cadenciosas del río.
En las aguas,
el sol se reflejaba con todo su poder y vejez. Una vejez sabia, incontenible,
anterior a todos los hombres. Los rayos se extendían a lo largo del río
formando patrones de luz irregulares pero melodiosos, plenos de significado.
Como si en el agua muchos de los secretos de la luz se hicieran visibles y
cobraran forma. Potenciados por la cadencia de las olas, el reflejo se hacía
más fuerte en los extremos, luego en el centro, luego simultáneamente en ambos
bordes, como si un oculto artífice hubiera activado una pirotecnia marina. A
primera vista, los reflejos más fuertes no parecían tener ritmo. Simplemente se
encendían y apagaban al azar, ese azar que todos creemos llevan las olas. Pero
al cabo de un rato de observación detenida, de sincronía con el momento, de
silenciar mi espíritu y de entregarme a la luz que tocaba mi corazón, empecé a
notar ciertos patrones regulares, constantes, orgánicos, que surgían del
contacto entre las aguas y la luz. El río y el sol me estaban hablando. Por
fortuna yo tenía los oídos atentos, y los escuché. En aquella danza que no
puedo nombrar de otra forma que mística, las ondulaciones del agua acariciadas
por el sol me hablaron de mí y de mi vida, de mi historia y de mi destino, de
todo aquello que puedo llegar a ser y que llevo dentro. De todo eso que he
dejado morir por indolencia, desidia o debilidad. De todos mis miedos y
frustraciones, que han sido los más grandes obstáculos para convertirme en
quien quiero ser. Me vi a mí mismo con los ojos de aquel pescador que me brindó
fuego, desde afuera, contemplando mi destino cifrado en las profundas aguas del
Río de la Plata. Vi mi tristeza presente y la que me esperaba a mi regreso a
Bogotá. Vi mi rostro anciano, lleno de arrugas, cada una de ellas una historia
y un aprendizaje.
No
transcurrieron minutos. Pasaron siglos y siglos, porque la travesía fue al
interior no solo de mí sino del universo que se ofrecía a mis ojos. Los
patrones de luz se fueron haciendo cada vez más regulares y coherentes, y por
momentos pude ver a una serpiente milenaria (símbolo de infinito y de vida en
tantas culturas) que emergía de las aguas hacia el cielo y luego regresaba para
elevarse de nuevo. Esa serpiente también me estaba hablando.
Y las
consecuencias de esa experiencia aún exceden mi comprensión. Algunas de ellas
ya se han manifestado de maneras que me tomaron por sorpresa, pero que a pesar
de lo inesperadas y dolorosas que han sido hoy sé con total certeza que así
debían ser. Porque todas esas pulsiones y potencialidades que yacían dormidas
en mi interior se sacudieron del letargo en el que se encontraban desde mucho
tiempo atrás, y cuando una bestia dormida por siglos es despertada, y tiene
hambre, se comporta con ferocidad y sin miramientos.
No puedo
explicar por qué razón pude ver lo que vi aquel día. Sé que no fue un proceso
de una tarde, ni de una semana, ni siquiera de un mes. Era algo que venía
gestándose desde muchos años antes. Y no sé muy bien por qué tuve yo esa
fortuna. Lo único que puedo decir, con total humildad y con la responsabilidad
de los dones recibidos, es que el haber vivido esa experiencia me habla de todo lo que puedo ser y hacer, de que el tiempo
desperdiciado ya no vuelve pero que ser consciente hoy de ese tiempo
desperdiciado es una llamada de atención y un compromiso ineludible con mi
destino. Ese día se desataron energías cuyas repercusiones no comprendo ni
puedo controlar, pero que de seguro me llevarán a donde debo ir. Las fuerzas
que me habitan han sido sacudidas y necesitan entrar en combustión, necesitan
explotar como una estrella caduca, sin pausa hasta el final de mis días.
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