Vivir días sin nombre, horas anónimas regidas por el aliento y el capricho de los aires y los insectos. Despojarse de ataduras, de esas cárceles inservibles que la ciudad envuelve sobre nosotros. Desaprender el lenguaje de todos los días y seres, darle nuestra sangre a las palabras, hacer de ellas un camino a nuestra alma y nuestros dioses. Descifrar lo que parece no tener clave, motivo, huella.
Todo es arbitrario y sin embargo esa arbitrariedad es también una diosa, emparentada con el caos y el misterio. El universo es arbitrario e indescifrable, pero es, está, lo soy a cada paso y lo vivo con cada palpitar y cada parpadeo. Es gracias a mi propia arbitrariedad y mi propia conciencia de ella que por un instante comprendo, realmente comprendo, que el milagro de respirar es arbitrario pero no azaroso.
Sumergirse en lo que "es" (nada tan esquivo e impreciso como el lenguaje, las palabras que ahora intento encaminar hacia adentro) me acerca a lo divino; el tiempo todo, 'imagen móvil de la eternidad', es el reflejo, a veces roto, a veces profundo, del universo; el fractal. Sincronía. Y no sé por que me pongo tan trascendental pero la evidencia es desbordante.
Mis palabras se las comerán los pájaros o los perros como lo que son, testimonios efímeros y quizás marchitos de algo que siempre se me escapa. No me puedo bañar ni vestir con palabras y sin embargo son mi instrumento. Oficio vano, como todo oficio humano, el de escribir. Mas oficio de cazador de atardeceres, de soles de matices eternos que se diluyen en el horizonte. Oficio vacío, y, sin embargo, hermoso.
22-jul-2014
lunes, 28 de julio de 2014
jueves, 24 de abril de 2014
23 y 24 de abril de 2014
Se aproxima la medianoche y algo se me quiere escapar a través de las letras. Aún no sé qué es; algo así como un cosquilleo en la punta de los dedos, un brote de hormigas en la garganta que calla, porque la noche exige silencio. Mucho he pensado sobre el arte, mi momento y los niveles de mi vitalidad. Quizás porque luego de días y días de ansiedad, de esa que te sumerge en el humo del cigarrillo y que te lleva a mirar a las estrellas buscando respuestas, por fin he encontrado el reposo. Era necesario. Mis nervios y mi corazón ya estaban acusando el desgaste de la incertidumbre y de la penumbra. En la ansiedad no es posible la reflexión, sólo el vértigo. Por eso cuando llega la calma, las neuronas o el espíritu, como quiera llamárselo, encuentran refugio y por fin germinan. Hoy, con frío y ganas de dormir, las letras me llaman; no puedo ser ajeno a su canto.
Hay en el artista una contradicción. No sé si implícita en todos. Al menos en mí, sí. He estado siempre sometido a un impulso perfeccionista que, bien visto, ha sido más obstáculo que impulso para mí. El querer hacer algo más allá de lo común, de hacerlo sobresalientemente, y de ser reconocido por ello, debo reconocerlo, han sido parte de mis intentos artísticos. Grita en ello un deseo de aceptación, un rechazo a la marginalidad que por fin he comprendido como recurrente en mi vida. He sido siempre un marginal y nunca quise ni me gustó serlo. Pero, por esas ironías de los dioses que juegan, he ahí mi virtud y mi condena: la marginalidad, aún repudiada, es mi signo. De ahí han surgido todos mis intentos por encontrarme, reconciliarme, reconstruirme. Sé que no soy un músico demasiado bueno, ni un escritor demasiado bueno tampoco, pero me empeño en recorrer ambos caminos porque siento que allí por fin me abrazaré conmigo mismo; porque allí encuentro refugio, porque allí me siento libre aunque no del todo cómodo a ratos, porque allí tengo algo mío que nadie me puede quitar o pisotear. Sigo siendo un marginal; mis letras y mis melodías me sirven fundamentalmente a mí y no deberían servir para nada más. Soy disperso, indisciplinado, perezoso a ratos y falto de convicción con más frecuencia de lo que quisiera. Pero a pesar de mí mismo, algo tengo, algo he podido construir.
Sé que divago. Que las ideas no se conectan con suavidad como obliga el manual. No importa. Algo se me escapa a través de las palabras, algo que buscaba salir hace mucho y que debo empezar a purgar si no quiero atragantarme. Mañana será otro día.
Hay en el artista una contradicción. No sé si implícita en todos. Al menos en mí, sí. He estado siempre sometido a un impulso perfeccionista que, bien visto, ha sido más obstáculo que impulso para mí. El querer hacer algo más allá de lo común, de hacerlo sobresalientemente, y de ser reconocido por ello, debo reconocerlo, han sido parte de mis intentos artísticos. Grita en ello un deseo de aceptación, un rechazo a la marginalidad que por fin he comprendido como recurrente en mi vida. He sido siempre un marginal y nunca quise ni me gustó serlo. Pero, por esas ironías de los dioses que juegan, he ahí mi virtud y mi condena: la marginalidad, aún repudiada, es mi signo. De ahí han surgido todos mis intentos por encontrarme, reconciliarme, reconstruirme. Sé que no soy un músico demasiado bueno, ni un escritor demasiado bueno tampoco, pero me empeño en recorrer ambos caminos porque siento que allí por fin me abrazaré conmigo mismo; porque allí encuentro refugio, porque allí me siento libre aunque no del todo cómodo a ratos, porque allí tengo algo mío que nadie me puede quitar o pisotear. Sigo siendo un marginal; mis letras y mis melodías me sirven fundamentalmente a mí y no deberían servir para nada más. Soy disperso, indisciplinado, perezoso a ratos y falto de convicción con más frecuencia de lo que quisiera. Pero a pesar de mí mismo, algo tengo, algo he podido construir.
Sé que divago. Que las ideas no se conectan con suavidad como obliga el manual. No importa. Algo se me escapa a través de las palabras, algo que buscaba salir hace mucho y que debo empezar a purgar si no quiero atragantarme. Mañana será otro día.
lunes, 7 de abril de 2014
El abismo
En el abismo nos damos cuenta de qué estamos hechos porque estamos solos con nuestra penumbra y con las voces de nuestros fantasmas que retumban en el vacío. En la penumbra, todo sonido, incluso el palpitar de nuestro corazón, se amplifica de tal manera que nos devela algo, lo oculto, el misterio. Sin la soledad del abismo no podemos acercarnos a ello. Sin su silencio, sin sus tinieblas, jamás podremos escucharnos con atención, percibir los matices infinitos de nuestra propia voz, que contiene en sí los murmullos de las piedras, el bramar orgánico del mundo y de todos los dioses y sátiros de la Naturaleza. En nuestra voz, aún desprovista de articulación o palabra (es decir, en su estado primigenio) resuenan los ecos de la eternidad.
lunes, 20 de enero de 2014
Sobre la impermanencia
Por Sigmund Freud
Traducido de la versión en inglés de James Strachey
No hace mucho estuve en una caminata de verano a través de
un sonriente campo en la compañía de un amigo taciturno y de un poeta joven
pero ya famoso. El poeta admiraba la belleza de la escena a nuestro alrededor
pero no sentía regocijo alguno por ella. Estaba perturbado por el pensamiento
de que toda esa belleza estaba destinada a la extinción, que se esfumaría
cuando llegara el invierno, como toda la belleza humana y la belleza y
esplendor que los hombres han creado o podrían crear. Todo lo que de otra
manera él hubiera amado y admirado le parecía desprovisto de su valor por la
impermanencia, su condena.
La disposición a la decadencia de todo lo bello y perfecto
puede, como sabemos, dar surgimiento a dos impulsos distintos en la mente. Uno
lleva a la dolorosa congoja sentida por el joven poeta, mientras que el otro
lleva a la rebelión contra el hecho afirmado. ¡No! Es imposible que toda la
gracia de la Naturaleza y el Arte, del mundo de nuestras sensaciones y del
mundo exterior, realmente se desvanezcan en la nada. Sería demasiado
desprovisto de sentido y demasiado presuntuoso creerlo. De una manera u otra
esta gracia debe ser capaz de persistir y de escapar a todos los poderes de la
destrucción.
Pero esta exigencia de inmortalidad es un producto de
nuestros deseos demasiado inequívoco como para hacerle reclamo a la realidad:
lo que es doloroso puede sin embargo ser cierto. No pude ver un camino para
entrar en disputas sobre la impermanencia de todas las cosas, ni pude insistir
en una excepción a favor de lo que es bello y perfecto. Pero sí disputé la
visión pesimista del poeta de que la impermanencia de lo que es bello implica
alguna pérdida en su valor.
Por el contrario, ¡un aumento! El valor de la impermanencia
es el valor de la escasez en el tiempo. La limitación en la posibilidad del
goce incrementa el valor del goce. Es incomprensible, declaré, que el
pensamiento de la impermanencia de la belleza pueda interferir con nuestro gozo
de ella. Considerando la belleza de la Naturaleza, cada vez que es destruida
por el invierno regresa de nuevo al siguiente año, y eso en relación con la
longitud de nuestras vidas puede de hecho ser considerado como eterno. La
belleza de la forma y rostro humanos se esfuman para siempre en el transcurso
de nuestras propias vidas, pero su evanescencia solo les brinda un fresco encanto.
Una flor que se abra solamente por una noche no nos parece por esa razón menos
encantadora. Ni tampoco puedo entender nada mejor por qué la belleza y
perfección de una obra de arte o de un logro intelectual deba perder su valor
debido a su limitación temporal. Un tiempo vendrá, ciertamente, en que las
pinturas y estatuas que hoy admiramos se derrumben de polvo, o en que una raza
de hombres que ya no comprendan las obras de nuestros poetas y pensadores nos suceda,
o puede incluso llegar una era geológica en la que toda la vida animada sobre
la tierra cese; pero ya que el valor de toda esta belleza y perfección solo
está determinado por su importancia para nuestras propias vidas emocionales, no
tiene ninguna necesidad de sobrevivirnos, y es, por lo tanto, independiente de
la duración absoluta.
Estas consideraciones me parecieron indiscutibles; pero noté
que no había causado impresión alguna sobre el poeta o sobre mi amigo. Mi
fracaso me llevó a inferir que algún factor emocional poderoso que estaba en
marcha perturbaba sus juicios, y más
tarde creí que había descubierto cuál era. Lo que arruinó su goce de la belleza
tuvo que ser una rebelión en contra del duelo. La idea de que toda esta belleza
era impermanente le estaba dando a estas dos mentes sensitivas un anticipo de
duelo sobre su deceso; y, dado que la mente instintivamente huye de cualquier
cosa dolorosa, sintieron que su goce de la belleza interfería con los
pensamientos de su impermanencia.
El duelo por la pérdida de algo que hemos amado o admirado
parece tan natural para el lego que es vista por él como auto-evidente. Pero
para los psicólogos, el duelo es un gran enigma, uno de esos fenómenos que no
pueden ser explicados por sí mismos pero a partir de los cuales otras
oscuridades pueden ser rastreadas. Poseemos, como parece, una cierta porción de
capacidad para el amor – que llamamos libido -
la cuál en las etapas más tempranas de su desarrollo está dirigida hacia
nuestro propio ego. Más tarde, aunque todavía en una etapa muy temprana, esta
libido se riega desde el ego hacia los objetos, los cuáles son, en cierto
sentido, llevados hacia nuestro ego. Si tales objetos son destruidos o los
perdemos, nuestra capacidad para el amor (nuestra libido) es una vez más
liberada; y puede entonces tomar otros objetos a cambio o puede temporalmente
regresar al ego. Pero por qué este desprendimiento de sus objetos por parte de
la libido debe ser un proceso tan doloroso es un misterio para nosotros, y
hasta el momento no hemos sido capaces de esbozar ninguna hipótesis para dar
cuenta de ello. Sólo vemos que la libido se aferra a sus objetos y no
renunciará a aquellos que se han perdido incluso cuando un sustituto se
encuentra listo a mano. Eso, pues, es el duelo.
Mi conversación con el poeta tuvo lugar en el verano antes
de la guerra. Un año después, la guerra se desató y le robó sus bellezas al
mundo. No solo destruyó la belleza de los campos por los cuales pasó y las
obras de arte que se cruzó en su camino, sino que también destrozó nuestro
orgullo por los logros de nuestra civilización, nuestra admiración por muchos
filósofos y artistas y nuestras esperanzas en el triunfo final sobre las
diferencias entre las naciones y las razas. Empañó la noble imparcialidad de
nuestra ciencia, reveló nuestros instintos en toda su desnudez y liberó los
espíritus malignos de nuestro interior que creíamos domesticados para siempre
por la continua educación de siglos de las mentes más nobles. Hizo a nuestro
país nuevamente pequeño y convirtió al resto del mundo en algo muy remoto. Nos
robó mucho de lo que amábamos, y nos
mostró cuan efímeras eran muchas de las cosas que veíamos como inalterables.
No podemos sorprendernos de que nuestra libido, así
despojada de tantos de sus objetos, se haya aferrado con la mayor intensidad a
lo que nos quedó, que nuestro amor por nuestro país, nuestro afecto por
aquellos cercanos a nosotros y nuestro orgullo en lo que es común a nosotros de
repente se hayan fortalecido. Pero aquellas otras posesiones, que ya hemos
perdido, ¿realmente han cesado de tener algún valor para nosotros porque se han
mostrado tan perecederas y tan poco resistentes? Para muchos de nosotros esto
parece ser así, pero una vez más erróneamente, en mi perspectiva. Creo que
quienes piensan así, y parecen listos a realizar una renuncia permanente porque
lo que era precioso no se ha mostrado duradero, están simplemente en estado de
duelo por lo que se ha perdido. El duelo, como sabemos, por doloroso que pueda
ser llega espontáneamente a un fin. Cuando ha renunciado a todo lo que se ha
perdido, entonces se ha consumido a sí mismo, y nuestra libido es de nuevo
libre (en la medida en que aún seamos jóvenes y activos) para reemplazar los
objetos perdidos por otros más frescos, igual o aún más preciosos. Es de
esperarse que lo mismo sea cierto sobre las pérdidas causadas por esta guerra.
Una vez el duelo se termine, se encontrará que nuestra alta opinión sobre las
riquezas de la civilización no ha perdido nada por el descubrimiento de su
fragilidad. Debemos construir de nuevo todo lo que la guerra ha destruido, y
quizás en un suelo más firme, y más duraderamente que antes.
viernes, 27 de diciembre de 2013
Desde un cafetal, bajo la lluvia
23-dic-2013
No solo el rumor de la lluvia me dice algo. También los pájaros. También las hojas de los árboles y de las matas que en su seno acogen las gotas de agua milenaria. Cuando el agua y las hojas se encuentran se abre un portal. La hoja se estremece, se sacude, como si hubiera sido despertada. Y un ser invisible (un ave, un insecto, quizás una creatura divina) se posa sobre una de las hojas, luego otra, cientos más, en un carnaval etéreo y fugaz.
Pasa un instante mecido por el murmullo del viento y la lluvia. Esta vez el que vuela es un pájaro de carne y sangre, con su pico y todo su plumaje multicolor. Quizás alentado por búsquedas que no comprendo, sigue los rastros de las gotas de lluvia sobre las hojas. Ahora veo que sí son aves invisibles, o dioses encarnados que en una lengua ajena a mi entendimiento, de vibraciones cálidas e inaudibles, revelan a los pájaros de este mundo los secretos del agua y del fuego y del llanto.
***
Una magia que me sobrepasa ocurre cuando me siento a leer el mundo desnudo y cuando intento abarcar, siquiera por un instante, sus esquivos mecanismos. Algo sucede cuando me despojo del afán, de la ansiedad, y dejo que mis palpitaciones se sincronicen con el latido del mundo. El sentido de todas las cosas se me escapa, pero sé que más allá de mi ignorancia y de mis limitaciones hay voces eternas que cantan y gritan. Mi llamado, si es que tales voces se han rebajado a hablarme, es a seguir sus huellas de viento y darles un lenguaje humano, traducirlas a una forma que me sea más cercana.
jueves, 14 de noviembre de 2013
Manifiesto
La
cosa empezó con un vacío que no se curaba con nada. Un plato de salchichas en
trocitos, una copa de vino blanco, un puñado de dulces multicolores. Intentó
con toda clase de comida, desde los pinchos a mil pesos del centro de la ciudad hasta el sushi preparado en vivo. Pero la infructuosidad de la tarea pronto se le hizo palpable: era imposible
sentirse lleno porque el vacío no era fisiológico. Ni toda la carne del mundo
podría cubrirlo. A la luz de la evidencia del fracaso gastronómico, empezó
entonces a buscar una solución distinta. Primero, la marihuana. Luego, el fútbol a toda hora, en televisión y en la cancha del barrio.
Por último, y hasta el día de hoy, cerveza en cantidades descomunales. Estas
alternativas generaron algún bienestar temporal. Uno que otro momento memorable.
Muchas noches de insomnio, eso sí, y monumentales guayabos. No mucho más. Ante
la desesperación de las vísceras incómodas y de las manos que no dejaban de temblar optó por una última opción. Al final el
vacío no se ha llenado, pero escribir le ha permitido al menos disfrutar de la comida.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Incertidumbre
Lo más difícil es la
incertidumbre. Quizá la ruptura definitiva y total de la rutina. O lo
inesperado del momento, de no haberlo nunca vislumbrado y de verse abrumado por
el fuego del relámpago. Aun cuando el universo (o Dios, o la Energía, como
quiera ser llamado) no lo desampara a uno y le ofrece lo que uno mismo busca o
necesita o desea intensamente, no es fácil asumir la pérdida. No es fácil
sentirse rechazado. Se acostumbra uno a la comodidad del día a día, a los
pequeños pactos tácitos como la llamada matutina, la pregunta de rigor por la
salud o por los gatos. Y encontrarse de repente sin nada de eso es una tragedia
personal que solo estando en ella se dimensiona. Ni el más pesimista de los
balances o de los análisis de antemano, en frío, nos dice nada del momento de
la turbulencia, ese estallido de agua en las rocas, ese temblor de arena
movediza que trastorna el alma entera.
Las emociones son
incontrolables. Por eso están más cerca de la vida misma que la razón: a esta
podemos ponerle límites, podemos trabajar con ella, emplearla en tareas
específicas que distan mucho de los procesos biológicos más básicos. Las
emociones son incontrolables porque no se someten a nada. No obedecen a ningún
freno. No aceptan fronteras, no se dejan encerrar en ninguna parte. Son como un
río inmenso (de nuevo se encuentra uno con la imagen de Heráclito), rodeado de
montañas y árboles y bosques, en el cual, si uno llega a caer por suerte o
fatalidad, se verá arrastrado a la par que el lodo, los escombros, las ramas y
piedras. Habrá momentos de engañosa calma, de contemplación del universo, de,
quizás, ver a Dios en el reflejo del agua, de deleite con los ruidos marinos y
del bosque. Pero tales momentos de contemplación se irán tan rápido como
llegan, porque el río es incontenible, vital, poderoso, un dios más grande que
todas las mitologías, que sin atenerse a la triste y frágil voluntad humana
(nada más que lodo y piedras) hace Su voluntad. Y uno se ve arrastrado a los
rápidos, a las zonas rocosas contra las cuales nuestro cuerpo indefenso se
estrella, se desgarra, se magulla. Se hunde en los torbellinos innumerables del
caudal (que guardan en su seno todas las cosas, incluso los recuerdos del
primer hombre, como atrapados en la eternidad), sumiéndose en largas temporadas
de incertidumbre y vacío.
Pero en ningún otro momento se
está más vivo, precisamente porque no está uno amarrado a ningún consuelo ni a
ninguna esperanza. Porque solo en ese momento se sienten las fuerzas de la
naturaleza tal cual son: desnudas, desatadas, inmensas.
Para vivir hay pues que
lanzarse al río. Y si uno cae en él empujado por algún ángel o algún demonio
que se atraviese en el camino, deberá aceptarlo como lo que es: un regalo del
universo, una travesía laberíntica al fondo de la vida y de uno mismo, el
momento crucial de la existencia, ese que le dicta a uno su destino y le
muestra su reflejo.
10-jun-13
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